Sinergias

No es el fin del mundo, pero sí el fin de un mundo

A sus veintiún años, Camille Etienne es una de las voces más sonoras de su generación en lo que respecta a la lucha contra el cambio climático en Francia. Nacida en un pequeño pueblo y nieta de agricultores, creció en medio de la naturaleza para después mudarse a París con el fin de estudiar Filosofía en la Sorbonne y Política y Economía en Sciences Po, formación que ha completado con un máster en agroecología en la Universidad de Helsinki. Miembro muy activo del colectivo ecologista “On est prêt”, Camille es consciente de que en ella se reúne lo mejor de ambos mundos, el urbano y el rural, el de la naturaleza y el de la cultura, y por ello está trabajando para tender puentes entre ambos, con el objetivo de que la gente termine de abrir los ojos en lo que respecta a la importancia de la agricultura, al cambio climático y a las consecuencias negativas de un modo de estar en el mundo de las que, a fuerza de crisis y catástrofes, empezamos a ser conscientes.

¿Está vuestra generación más comprometida con los problemas medioambientales que las anteriores?

menos, el minimalismo, es algo que nos hace más felices, porque nos centramos más en lo esencial y también en compartir. Comprar menos, consumir menos… ¿El mundo de hoy es realmente hermoso? Yo no estoy tan segura. Tenemos desigualdades entre los sexos, entre los más pobres y los más ricos, algo que crece de manera exponencial a nivel mundial… Estamos en un momento de gran tensión que nos plantea si este mundo es realmente viable.

Creo que somos al mismo tiempo la primera generación que vive las consecuencias del cambio climático y la última que puede hacer algo al respecto. Si seguimos así, se nos dice que en 2050 Nueva York estará bajo el agua, que no habrá más elefantes en África, que en verano el termómetro alcanzará los 50 grados en París… Por tanto nuestra generación se proyecta en el futuro mucho más que las anteriores. Desde el momento en el que es nuestro propio futuro el que está amenazado, no tenemos otra elección que luchar para que ese futuro siga existiendo. Todavía tenemos la oportunidad de hacer algo bueno. Hoy hay gente que ya está muriendo por culpa del cambio climático. En Francia mueren 50.000 personas al año por la contaminación del aire. Las generaciones anteriores lucharon por la libertad, por los derechos de las mujeres, de los homosexuales… Nuestra pelea está marcada por esta urgencia climática y de la biodiversidad. Es el combate del siglo, un combate por la vida, porque sin vida no hay igualdad entre sexos, entre razas…

Hay gente que al escuchar cosas como las que acabas de decir acusan a los de vuestra generación de apocalípticos…

Sí, es cierto que a menudo se nos dice que asustamos a la gente. Pero es normal tener miedo cuando se habla de que cada veinte minutos desaparece una especie, animal o vegetal. Se está hablando de una “sexta extinción masiva”, porque hoy las especies desaparecen más deprisa en que la época de la “quinta extinción masiva”, cuando un meteorito acabó con los dinosaurios. Todo esto da miedo. Nos hemos tomado las cosas muy a la ligera, diciendo “esto nunca va a pasar”, pero ahora mismo, con el coronavirus lo estamos viendo. Las pandemias también son una consecuencia del cambio climático, es una de las cosas que tienden a multiplicarse. Así que sí, tenemos miedo. No se trata del fin del mundo, pero sí del fin de un mundo y a nosotros nos toca reinventar ese mundo, sentarnos todos alrededor de la mesa y preguntarnos cuáles son los valores que queremos para ese mundo, cuál es la verdadera definición de éxito. ¿El éxito consiste en estudiar una gran carrera, trabajar en un banco, tener un gran sueldo, cuatro hijos y una casa en las afueras? ¿O quizá en lugar de poner el peso en el crecimiento económico lo deberíamos poner en el crecimiento de la felicidad y de la igualdad? Tenemos la oportunidad de repensar el mundo de mañana. Por eso digo que no es el fin del mundo, sino el fin de un mundo, y la transición es necesariamente dolorosa. Pero en nuestras manos está que el próximo sea mejor, y disponemos de armas para ello. Tenemos una cita con la historia y debemos estar a la altura. Por otra parte, siempre tenemos miedo del cambio porque vivimos muy aferrados a nuestras costumbres, a nuestros hábitos, pero los cambios que demandamos no necesariamente nos van a hacer más infelices. Cuando se nos dice que debemos comer mejor, saber de dónde vienen los animales… todo eso son cosas que nos hacen más felices, porque mejoran nuestra salud, porque vivimos más de acuerdo con nuestros valores… También el tener menos, el minimalismo, es algo que nos hace más felices, porque nos centramos más en lo esencial y también en compartir. Comprar menos, consumir menos… ¿El mundo de hoy es realmente hermoso? Yo no estoy tan segura. Tenemos desigualdades entre los sexos, entre los más pobres y los más ricos, algo que crece de manera exponencial a nivel mundial… Estamos en un momento de gran tensión que nos plantea si este mundo es realmente viable.

Naciste y creciste en un pequeño pueblo y después te mudaste a París para estudiar, donde supongo que inmediatamente notaste esa desconexión con la naturaleza de la que tanto sueles hablar.

Mis abuelos eran agricultores, mi madre era deportista de élite, esquiadora y escaladora, mi padre era guía de alta montaña y yo crecí en mitad de la naturaleza, así que cuando me mudé a París para estudiar no me sentía en mi medio, porque todo el mundo tenía un gran conocimiento de la cultura, del arte, del teatro, de la historia… cosas que yo desconocía por completo. Pero al mismo tiempo me di cuenta de yo disponía de otro conocimiento que ira igual de legítimo, el conocimiento de lo vivo… Me di cuenta de que la gente no sabía de dónde venía lo que había en su plato y tampoco se lo preguntaban demasiado, cuando para mí era algo fundamental. Ahí se produjo un choque cultural. No podía sentirme del todo de París, porque allí era alguien que venía del pueblo, mientras que en el pueblo era alguien que venía de París. A partir de ahí me fui un año a Finlandia a estudiar agroecología, donde aprendí muchísimas cosas y, al regresar, decidí empezar a utilizar mi voz. Me di cuenta de que podía servirme de los códigos, del lenguaje de los parisinos, de que podía hablarles con sus palabras, pero que al mismo tiempo tenía la legitimidad y el conocimiento de aquellos que vienen del campo, de la tierra. Así que lo que estoy tratando de hacer es que aquellos que tienen el poder estén más conectados con la tierra.

En los últimos años hemos vivido en todo el mundo un “boom” de la gastronomía, la comida ha pasado a primer plano… pero quienes la producen, los agricultores, siguen en la sombra y sus condiciones de vida son muchas veces precarias… ¿Qué hay que hacer para poner en valor de una vez por todas su trabajo?

Ni siquiera tenemos el reflejo de plantearnos la pregunta sobre de dónde viene nuestra comida. Una vez que lo tengamos, la cosa cambiará. Lo estamos viendo con el coronavirus: nos damos cuenta de que quienes nos curan y evitan que la epidemia se extienda son los médicos y enfermeros y en todas partes salimos al balcón a aplaudirles. Cuando ocurrieron los ataques terroristas en Francia, aplaudimos a la policía y a las fuerzas del orden que lucharon contra ello. Comemos todos los días y nunca nos preguntamos cómo esa comida ha llegado del campo al plato y quién está detrás de todo eso. De hecho, buscamos pagar lo menos posible por la comida, mientras que antes suponía una gran parte del presupuesto de las familias. Hoy

ese porcentaje es mínimo. Pagamos únicamente por el producto, olvidando que detrás de él hay gente que trabaja. Pero sin agricultores no hay comida y sin comida no hay vida. Se trata de recuperar ese vínculo y para ello hay que preguntarse de dónde viene, quién está detrás…. Cuando compramos plástico, debemos pensar qué consecuencias va a tener en mi salud, en el planeta… Más que decir “soy vegana” o “soy zero waste”, la solución para muchas cosas pasa por hacerse preguntas y reflexionar. Sentido común, en definitiva.

¿Y qué clase de agricultura crees que debemos practicar para alimentar al mundo en el futuro?

Después de la II Guerra Mundial nos planteamos la cuestión de cómo redinamizar la economía y alimentar a los niños del baby boom. A partir de ahí la agricultura, que era cosa de pequeños productores, se convierte en una industria, en lo que se llamó la “revolución verde”. Con el Plan Marshall, nos enviaron desde los Estados Unidos tractores, pesticidas… Hoy cinco grandes compañías, Monsanto entre ellas, controlan el 75% del mercado de semillas. En Francia no tenemos derecho a producir semillas que no estén incluidas en un catálogo nacional, y todas ellas son del tipo F1, híbridas y degenerantes, es decir, no pueden reproducirse, no pueden replantarse de un año para otro. Antes todos nuestros agricultores guardaban una parte de la recolección, recuperaban las semillas y se establecía un círculo. Ahora en lugar de un círculo es una línea: los agricultores se ven obligados a recomprar las semillas a las grandes compañías. Ese tipo de semillas requiere muchos más pesticidas y fertilizantes, por lo que también los deben comprar, lo que les cuesta muy caro, así que viven de los subsidios de la PAC. ¿Y como se reparte ese dinero? Muy fácil: cuanto más producto, más dinero. Como consecuencia, se ven obligados a hacer una agricultura “productivista” y a dedicarse a los moncultivos, porque es el sistema que más produce. Lo que no se tiene en cuenta es que el suelo es algo vivo, un ecosistema complejo, y no se puede matar todo. Algo que se considera una mala hierba es en realidad una planta que permite que no haya tal o cual plaga… Nosotros hemos destruido ese ecosistema complejo para convertirlo en algo muy simple y producir más. Pero eso no puede durar, porque se destruye la vida del suelo, que ya no puede producir más por sí mismo y entonces hay que emplear muchos más fertilizantes y pesticidas… ¿Cómo salimos de ese círculo vicioso? Consumiendo más productos locales, más productos de pequeños agricultores y de manera más diversificada. Para ello habría que poder autorizar la venta y cultivo de semillas locales, que no pertenecen a la gran industria, habría que devolver el poder a los agricultores, que a partir de ahí tendrán la capacidad de producir en función de su tierra, devolviendo la vida a ese ecosistema complejo, que será al mismo tiempo resistente y resiliente, capaz de acomodarse los cambios.

Para cambiar esto también habría que cambiar nuestro modo de comer… ¿Cuál es tu enfoque del consumo de carne, del vegetarianismo y el veganismo?

Lo que es extremadamente importante es reducir nuestro consumo de carne y comer de modo más estacional y local, de tal modo que se reduzca el transporte de los alimentos a largas distancias. También debemos reducir nuestros desechos, porque tiramos un tercio de lo que producimos. Hay que decir además que cuando adoptamos una dieta vegetariana reducimos nuestra huella de carbono a la mitad. En cuanto al veganismo, sin duda es mejor ser vegano que comer un montón de carne. Personalmente, no soy vegetariana ni vegana. En realidad basta con que ese consumo de carne tenga un sentido, devolverle el significado que tuvo en otro tiempo. Yo soy de un pequeño pueblo de agricultores y prefiero comer la carne de una cabra de mi vecino que un aguacate de Perú. Hay que preguntarse por el impacto de lo que comemos. Nuestro consumo de carne no puede ser anodino: se trata de un animal que matamos para alimentarnos, así que debe haber una cierta ceremonia. Cuando yo como carne es en ocasiones especiales, y así es como era antes, no se comía carne todos los días y a todas horas. Es preciso que recuperemos esa concepción. Creo que el veganismo y el vegetarianismo están bien, pero convendría plantearse adecuadamente la cuestión, porque un vegano que solo come quinoa o aguacates del otro lado del mundo también ejerce un gran impacto sobre el medio ambiente.

Perteneces al movimiento “On est prêt” (“Estamos preparados”). ¿Cuáles son sus objetivos y cómo funciona?

La idea es dirigirse a la gente que no tiene ninguna información. A veces tenemos la sensación de que todo el mundo está preocupado por el cambio climático y dispone de información, pero eso es porque nos movemos siempre con las mismas personas y estamos en manos de los algoritmos de las redes sociales y los medios de comunicación, que nos ponen en contacto con lo que ya conocemos. En realidad es una percepción falsa. Incluso en Sciences Po, donde yo estudio, hay gente que no sabe lo que es el IPCC, el grupo internacional de expertos en cambio climático. Por tanto, hay que hacer un esfuerzo de divulgación para crear un vínculo entre esos dos mundos, el de los que saben, como los científicos y los activistas, y el resto. Y para que el mensaje pase mejor, hemos cambiado a los mensajeros. En lugar de los grandes activistas, los grandes científicos, recurrimos a personalidades, a estrellas de cine, cantantes, youtubers… Nuestra idea era que fuesen estos influencers los que hablasen a la gente de cambio climático, con sus palabras. Si en lugar de un científico quien nos habla es una de estas personas con las que nos identificamos, el mensaje pasa mejor. Lo que intentamos en On est prêt a grandes rasgos es dar ese primer paso, sabiendo que no es suficiente, para que la gente experimente el cambio, la vida ecológica por sí misma, de un modo divertido, aceptando, por ejemplo, desafíos planteados por youtubers: hoy come vegetariano, hoy vete al colegio en bici…

¿Qué crees que es lo mejor que podemos hacer como individuos, en nuestra vida diaria, con respecto al cambio climático?

No hay una sola manera de ser ecologista, una vez más hay que plantearse preguntas: ¿Qué es lo que yo sé hacer? ¿Cuál es mi razón de ser? Si lo tuyo es la música, utilízala para despertar conciencias. Si eres cocinero, utiliza productos locales. Si eres periodista, escribe artículos sobre el tema. La cuestión es utilizar el talento de cada cual al servicio de esta causa enorme. En cuanto a acciones precisas, la alimentación supone un 25% de nuestra huella de carbono, por lo que es capital empezar por reducirla. Para ello hay que comer más productos locales y de temporada y menos productos animales. También está el tema de los desplazamientos. Yo pensaba que era una ecologista fantástica, pero me sometí al test de huella de carbono y el resultado fue que mi huella era parecida a la del americano medio, a pesar de que comía poca carne, productos locales, nada de desechos, etc. La razón: viajaba mucho en avión. Un viaje de ida y vuelta entre París y Bali produce cinco toneladas de CO2 por pasajero, cuando el IPCC nos dice que para cumplir los acuerdos de París habría que llegar a las dos toneladas de CO2 por persona y año. Solo con ese viaje doblaríamos lo que se supone que deberíamos emitir al año. Por tanto, a nivel individual, coger menos el avión, comer más local y de temporada, comprar menos plástico… A escala colectiva, hay que votar a gente que pueda cambiar las políticas y también enviar mensajes a las empresas diciendo “hay que producir esto porque yo quiero”. Si dejamos de comprar ciertas cosas, dejarán de producirlas.

A día de hoy nuestra economía está prácticamente paralizada por el coronavirus. ¿Qué consecuencias crees que se van a extraer de esta emergencia? ¿Cómo crees que va a afectar a nuestro modo de enfocar nuestro consumo energético?

Es pronto para saberlo, pero puedo señalar dos posibilidades. En primer lugar, cuando esto pase, habrá una necesidad, lógicamente, de festejar, de viajar… y eso afectará al consumo energético. Pero espero que estas limitaciones nos hagan darnos cuenta de que quizá podemos ir de vacaciones sin coger el avión, que podemos trabajar menos, que no hace falta que produzcamos tanto, que para ser felices no hace falta estar consumiendo, consumiendo, consumiendo todo el tiempo. Y así quizá veamos que basta con desaprender todos esos hábitos que habíamos adquirido y que el hecho de regresar a cuestiones más esenciales quizá no nos haga más infelices. Nuestro presidente, Macron, ha dicho que “el día después no será un regreso al día antes”. Creo que tenemos mucho que aprender, que nuestra manera de consumir puede cambiar de manera profunda, que tenemos cosas fantásticas delante de los ojos y que basta con aprender a maravillarse de ellas, porque nuestro “aquí” es el “allí” de otras personas.

Entrevista realizada por Raúl Nagore para Papeles de Cocina. Abril 2020.