Tener como compañero al propio miedo para contar el de los demás, Nuria Tesón

Cuando se violan sistemáticamente los derechos más básicos, a la comida y el agua, a la dignidad a la propia existencia, dar voz a la urgencia es una máxima para periodistas como Nuria Tesón
Raúl Nagore

Zamorana, sin antecedentes familiares en el mundo del periodismo, Nuria Tesón descubrió su vocación como reportera de guerra a los 12 años, cuando veía el conflicto de los Balcanes por televisión y se preguntaba qué le pasaba a toda esa gente que engrosaba aquellas larguísimas columnas de refugiados. Y a pesar de que el contexto no parecía ofrecerle muchas posibilidades de que su sueño se hiciese realidad, decidió que ni el ser de provincias, ni el ser una niña, ni el ser tímida le impedirían dedicarse a aquel trabajo. En 2009 se fue a vivir a Oriente Medio, estableciéndose en Egipto, y desde entonces ha cubierto conflictos como las Primaveras Árabes o el genocidio en Gaza, además de guerras como las de Libia, Sudán o Irak, para medios como Al Jazeera, El País, La Sexta, Cadena Ser, France 24, CNN o 5W, siempre tratando de cerrar al máximo el plano, de que se escuche la voz de aquellos que se lo están jugando todo para dar la vuelta a las situaciones más injustas o tan solo tratando de pasar un día más con vida en mitad de una zona de guerra, donde los derechos más básicos, a la comida y el agua, a la dignidad a la propia existencia, son sistemáticamente violados.

¿Recuerdas cómo fue tu primera vez en una zona de conflicto armado?
Ramón Lobo me dijo una vez que lo de convertirse en corresponsal de guerra casi siempre pasa por casualidad. Y así me ocurrió a mí: me fui a vivir a Egipto porque quería empezar a convertirme en esa corresponsal que siempre había soñado ser y en 2011 llegó la revolución. Siempre digo que no hace falta estar en un país en guerra para que haya conflicto y, aunque he estado en otras guerras, este fue el conflicto más difícil, porque estaba en la puerta de mi casa. Y la sensación era de inseguridad, de miedo, no solamente por ti, sino por los que están a tu lado y los que no tienen un pasaporte que les permita salir cuando quieran y alejarse del peligro. Pero al mismo tiempo también experimentas una admiración brutal hacia esa gente que, en las revoluciones, tiene la voluntad de jugárselo todo -y ese todo puede ser la vida- por cambiar las cosas y conseguir que sean mejores. Es algo muy inspirador.

¿Cómo se las arregla una para vivir con la muerte tan cerca?
Creo que soy una persona muy cuidadosa y pongo todos los medios a mi alcance para estar segura, pero en mi primera guerra, la de Libia, era una cría y no tenía ni idea de cómo se cubrían las guerras. Es algo que ocurre con muchas de nosotras y de nosotros: no sabes qué tienes que hacer. Ramón Lobo me dijo: “Antes de que pongas un pie allí, me llamas para conseguirte un seguro”. Esto te da también otra tranquilidad, otra perspectiva de las cosas, y creo que despierta una humanidad y unas características de ti misma que no sabías que tenías. Pero es algo de lo que solo te das cuenta cuando han pasado casi quince años. En ese momento solo piensas en qué tienes que hacer para estar segura y en cómo puedes comunicar a la gente todo lo que está pasando. Que las historias que me contaban llegasen con la mayor pureza y que esas personas sintieran que eran ellas las que hablaban si me leyeran.

Charles Bukowski escribió que un cobarde es alguien que se lo pensaría dos veces antes de enfrentarse con sus manos a un león, mientras que un valiente es aquel que no sabe qué es un león…
Diría que estoy en desacuerdo con esta cita. Pienso que un cobarde es alguien que acepta que el miedo sea una imposición que no le deje hacer cosas. Y para mí un valiente es alguien que, a pesar del miedo, hace las cosas. Creo que era Miguel Delibes el que decía “hazlo, y si te da miedo, hazlo con miedo”. En mi caso, si he cometido alguna irresponsabilidad ha sido por falta de conocimiento, por inexperiencia o por premura, pero no por inconsciencia o por no saber que ahí había un león o desconocer qué es. Pienso mucho en la cobardía y la valentía porque siempre me preguntan si no me da miedo vivir sola en El Cairo o ir a un conflicto. Pero siempre me he sentido muy arropada en estas situaciones. Aunque no siempre se puede luchar contra el miedo, es cierto, y supongo por eso debemos tenerlo como compañero.

Quizá para una periodista como tú el miedo también pasa a un segundo plano cuando tienes esa vocación y esa responsabilidad de contar las injusticias, las atrocidades, las condiciones en las que vive la gente en situaciones así.
Esta pregunta nunca se la he hecho a un cirujano, pero sería interesante saber cómo alguien que tiene en sus manos la vida de otra persona es capaz de cortar, de coser… cómo se distancia emocionalmente al tener que hacer todas esas cosas. Desde el punto de vista del periodismo, cuando tienes una cámara delante, estás poniendo una barrera emocional que te distancia. Ocurre que debes anteponer lo que estás haciendo y para eso ayuda concentrarse en lo técnico, en lo puramente periodístico. En el momento en el que estás entrevistando a alguien en una zona de conflicto debes poner esa distancia con esas personas, pero en lo que construyes con ellas no hay distancia. Con esto no quiero que la gente piense que nos distanciamos de ellas. Creo que hay periodistas que sí lo hacen pero para mí la persona es lo más importante. No considero que yo sea alguien que da voz a los que no la tienen, sino que soy un mero transmisor, una herramienta que pongo al servicio de esas personas para que sean las que amplifiquen su voz y la lleven fuera. Por eso no puedes desconectar del todo.

Al igual que hablas de esa cámara que te distancia, a los espectadores nos distancia también ver los conflictos a través de una pantalla. Y ahí quizá entra la preocupación por que vuestro trabajo no nos afecte, que nos acostumbremos a recibir noticias terribles de lugares como Gaza, Sudán o Ucrania.
A veces pienso que estamos tan hiperestimulados que no somos capaces de discernir lo que vemos en una película de lo que corresponde a la realidad. Y también creo que se nos ha entumecido. Con los años me da miedo que no cambien las cosas. Para mí, el periodismo tiene que ser honesto y estar al lado de las y los más vulnerables, pero tiene que servir a un propósito, no solo para que se conozca lo que está ocurriendo, sino para que eso tenga consecuencias políticas, legales. Desde que comenzó el genocidio en Gaza para mí ha sido muy difícil deshacerme de ese miedo o esa frustración, porque el miedo no es solamente terror, sino también aquello que te frustra, esa congoja, ese quedarte congelada y no ser capaz de hacer las cosas o quererlas abandonar. Y otro miedo que realmente me hace daño es el de la familia, el que sienten por mí las personas que me quieren. Porque cada vez que me voy pongo a un lado mi miedo, pero a ellos les acompaña. Por eso desde muy pronto decidí que no hablaría con mi familia, más allá de algún email, porque eso me recordaba el miedo que ellos tenían por mí, lo que me hacía sentirme insegura cuando estaba sobre el terreno.


Oriana Fallaci, Marie Colvin, Maruja Torres… Hay ejemplos brillantes de reporteras de guerra, aunque la imagen que se solía tener de esta profesión era la de una hermandad de tipos duros, bebedores de whisky, de vuelta de todo, como la describía por ejemplo Pérez Reverte en Territorio comanche.

Son sandeces, mitos que se construyen. Pero es cierto que existe una hermandad, y el deseo de celebrar la vida cuando la cosa se pone fea (hay quien se lleva whisky, pero yo prefiero meter chorizo zamorano y queso en la mochila, que he compartido con reporteros españoles y extranjeros, para sentirme en casa cuando hay una ensalada de tiros). Me he sentido muy cuidada por la gente del país en zonas de conflicto y arropada por los compañeros. Tengo grandes amigos que se han forjado sobre el terreno. Sí hay cierto machismo, pero creo que viene más de las redacciones que de los compañeros. Por supuesto, como en todos los trabajos, en este también hay “señoros” y “aliados”. Y hay gente que va a currar contigo y te va a acompañar como si fueras una más y hay quien no lo va a hacer. Pero sí me han pasado algunas cosas, como que me dijeran que mejor me acompañase el fotógrafo hasta la plaza de Tahrir para que no me ocurriera nada o que me pidieran que me maquillara un poco porque estaba demacrada, cuando alrededor estaban cayendo pepinos, y además si hay gases lacrimógenos no puedes llevar maquillaje porque eso se adhiere a la piel y es mucho más dañino…

En una zona de conflicto da igual que tengas el pelo rubio o moreno, los ojos azules, ser alta o baja, con más peso o menos… No tienes ninguna ventaja física cuando estás en una zona minada, tampoco cuando vas empotrada con un grupo de rebeldes… Sí hay algunas desventajas: por ejemplo, la menstruación, que implica una dificultad añadida que tienes que considerar.

Repites con frecuencia que el agua y la comida se utilizan como arma de guerra en estos conflictos. ¿Qué tipo de situaciones has vivido en este sentido? ¿Cómo explicar lo que esto significa a lugares del mundo que están muy lejos de vivir algo mínimamente parecido?
Lo del agua es algo que me toca mucho, especialmente en Gaza. Algo que pasa en los conflictos es el miedo a perder tu dignidad, y ahí entra la pérdida del acceso a los alimentos. Pero el agua no solo se bebe, también sirve para asearse. Si eres una mujer en una zona de conflicto y no tienes acceso a agua, como ocurre en Gaza ahora mismo, es algo terrible. Cuando la comida y el agua se utilizan como arma de guerra, no solamente se está intentando privar de lo físico, sino de lo emocional, porque comer no es solo el acto de alimentarnos, sino el de sentarnos alrededor de una mesa, compartir, cocinar juntas… Una de las cosas más bonitas que me han ocurrido es poder cocinar con las mujeres palestinas en Gaza. Las cosas que ocurren en una cocina, las conversaciones, las discusiones, las bromas, los diálogos que se generan… El darse cuenta de pronto de que hay un ingrediente que no se puede utilizar porque es caro o porque no está permitida su entrada, algo de lo que se les ha privado y que ayuda a conectar. A veces en los medios pecamos de hablar en términos grandilocuentes. Y creo que hacer entender lo que significa que te priven de agua y de comida solo puede conseguirse tratando de acercarlo a la realidad de cada una de esas personas.

Habrás vivido también de primera mano cómo funciona el suministro de comida durante una guerra. También las iniciativas tanto de civiles como de organizaciones no gubernamentales. ¿Cuál es el impacto de estas acciones?
Es una pregunta complicada, en este asunto hay mucha casuística. No es lo mismo llevar comida a Ucrania, a Gaza o a Sudán, donde no se puede acceder a determinadas zonas y el hambre te deshumaniza y te quita la dignidad. Hay iniciativas muy buenas y en cualquier caso creo que siempre tienen que estar coordinadas con las organizaciones internacionales que tienen más experiencia, porque saben cómo hacerlo. No se trata solo de preparar comida y llevarla, hay que tener en cuenta otros condicionantes, incluidos los culturales. Y en el caso de Gaza es importante saber que muchas veces Israel utiliza a las personas que intentan ayudar para servir a fines espurios que nada tienen que ver con esas organizaciones que honestamente quieren mejorar la situación de las personas que están siendo masacradas. Allí es importante trabajar con UNRWA (Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados de Palestina en Oriente Próximo), que son los que mejor conocen lo que ocurre sobre el terreno. Hay tener un poco de humildad cuando queramos ayudar. Y quizá es mejor que no vayas tú, sino canalizar la ayuda a través de estas organizaciones.

En la actualidad hay más conflictos que nunca desde la Segunda Guerra Mundial, partidos de extrema derecha accediendo a posiciones de poder en distintos países, Donald Trump y Elon Musk mostrando sus ansias expansionistas y divulgando mentiras sin ningún control…
No es solo que haya desinformación, mentiras, ruido, es que todo cambia tan rápido que hay cosas que ahora son verdad y dentro de un rato son mentira y viceversa. Debemos recuperar nuestra responsabilidad social. Algunos periodistas hemos sido muy soberbios a la hora de informar, pero también la sociedad se ha vuelto perezosa. Tenemos que hacer el esfuerzo de ser nosotros quienes decidamos. No es que haya sobreinformación, que la hay, o mala información, que la hay, sino que también hay buena información y es nuestra responsabilidad acudir a ella y hacer el ejercicio de pensar y poner las cosas en duda. ¿Qué pasa? ¿Ha muerto el espíritu crítico? Tenemos un problema de educación, de sistemas educativos que fomentan borregos, que es lo que prefieren los gobiernos que hoy estamos viendo. Yo aprendí muchísimo, como profesional y como ser humano, de Ramón Lobo, de Patxo Unzueta… de muchos otros. Y también los nuevos periodistas necesitan guías y ayudas, lo que no se puede conseguir si las empresas periodísticas se quitan de encima a todos los que pasan de 55 porque sale más barata la gente joven, que no tiene ni idea porque acaba de empezar. Y también los influencers, creadores de contenidos que tienen sus audiencias, lo podrían hacer mucho mejor, y los periodistas, en lugar de rasgarse las vestiduras y decir que eso no es periodismo, a lo mejor deberíamos trabajar con ellos y enseñarles

Algunos reporteros de guerra confiesan que volver a la “vida normal” les sabe a poco y tratan de regresar a primera línea lo antes posible. No sé si es tu caso, aunque vivas en Egipto…
Sí es cierto que notas cierta disociación en algunos momentos, pero creo que también es sano. Sí, vivo en una “zona caliente”, pero con los años paso más tiempo en España que en Egipto, porque aquí la vida se está poniendo cada vez más complicada: al régimen de Abdelfatah El-Sisi no le gustan los periodistas… A mí me resulta sano volver. Mis padres tienen una casita en Cabañas de Sayago, en la Tierra del Vino, y para mí lo mejor que hay es ir allí, recoger setas si es temporada, oler el cantueso por los montes… estar tranquila. Me da mucha paz y es algo que me traigo conmigo de vuelta.

Balas contra la infancia

Si hablamos del miedo, pocos tan extremos como el de los seres más vulnerables, los niños que tratan de sobrevivir en zonas de guerra, rodeados de violencia, cuyas historias a menudo se pierden, despersonalizadas en el maremágnum de cifras de víctimas y heridos que a diario recibimos a través de los medios de comunicación. Esta es precisamente la razón de ser de este libro, publicado el pasado año y coordinado por Nuria Tesón, en el que la propia Nuria, Fernando García Arévalo, Hibai Arbide, Patricia Simón y Lula Gómez escriben a pie de tierra sobre niños y niñas atrapados en conflictos de ayer y hoy, de Gaza a la Guerra Civil española, El Salvador o Afganistán, para hacernos llegar en toda su dimensión lo que realmente significa vivir en guerra.