¿Cuáles son los mecanismos que activan el placer? ¿Hay placeres de segunda y de primera clase? ¿Por qué hay personas insensibles a ciertos estímulos? ¿Para qué sirve la dopamina? El doctor en Neurociencias, profesor e investigador del Instituto de Neurociencias de la Universidad de Barcelona Josep Marco Pallarés nos lleva al interior de nuestro cerebro para ayudarnos a entender el complejo entramado que rige nuestro disfrute, en el que están implicados tanto factores fisiológicos como contextuales, genéticos o de aprendizaje.
Cuando la comida entra en la boca, se activan receptores gustativos en la lengua que detectan los sabores, junto con otros que perciben textura, temperatura y picante. Al masticar, también se liberan moléculas que activan el olfato retronasal, lo que contribuye mucho a la experiencia del sabor. Estas señales viajan por varios nervios craneales hasta el tronco del encéfalo, y desde allí pasan al tálamo y a la corteza gustativa (en la ínsula). En estas áreas el cerebro identifica qué sabor es y sus características básicas. Después, otras regiones, como la corteza orbitofrontal, integran toda la información sensorial (gusto, olor, textura) y evalúan si el alimento es agradable o no. Si la evaluación es positiva, se activa el circuito de recompensa: además de la dopamina liberada desde el área tegmental ventral hacia el núcleo accumbens, también se liberan opioides endógenos en esta región, lo que genera la sensación de placer, aumenta la motivación para seguir comiendo y ayuda a aprender y recordar que ese alimento es valioso.
Pero antes de todo esto, ya ocurren muchas cosas, como apunta Josep Marco Pallarés: “Solo el hecho de pensar en que vas a ir a aquel restaurante que tanto te gustó, ya despierta ganas de volver. Incluso una foto de una comida muy apetecible puede activar parte de estas áreas cerebrales, poniendo en marcha procesos de anticipación y motivación”.
Quizá lo primero que deberíamos hacer es definir qué es el placer.
Es la respuesta hedónica ante un estímulo que resulta reforzador, es decir, un estímulo que de alguna manera aporta algo positivo al organismo. Forma parte de un concepto más amplio que es el del sistema de recompensa, que implica varios componentes. En primer lugar, uno motivacional: cuando algo te gusta mucho, sientes el deseo de conseguirlo y realizas acciones para alcanzarlo. Es decir, existe una motivación que impulsa la conducta dirigida hacia esa recompensa. En segundo lugar, uno de aprendizaje. En general, las experiencias positivas se asocian a procesos mediante los cuales el organismo aprende qué conductas le permiten obtener esas recompensas. Por último, está el aspecto hedónico, que corresponde al placer, a esa sensación agradable cuando experimentas ese estímulo positivo.
¿Qué áreas del cerebro están implicadas en todo esto?
Lo primero interesante del circuito de recompensa es que sabemos que en el cerebro hay una serie de áreas que se activan de forma consistente ante todos los estímulos placenteros o reforzadores. Existe un conjunto de regiones cerebrales y de neurotransmisores que participan en estas áreas y que se activan de manera similar ante distintos tipos de estímulos: ya sea la comida, la música, el dinero, los aspectos sociales o el arte. Entre estas áreas se encuentran el núcleo accumbens, la corteza orbitofrontal y la ínsula. En conjunto forman un circuito que, ante cualquier estímulo placentero, se encarga de los diferentes aspectos que mencionábamos: motivarte para realizar ciertas conductas, favorecer que las repitas, permitir que aprendas de esas experiencias y, además, generar la experiencia de placer. Dentro de estas áreas también intervienen diversos neurotransmisores, como la dopamina o los opioides endógenos, que en general desempeñan diferentes papeles en todo este proceso relacionado con el placer y la recompensa.
¿Qué es exactamente la dopamina, de la que tanto se habla, y cuál es su función?
Fue uno de los primeros neurotransmisores que se relacionaron con los circuitos de recompensa. Sin embargo, los estudios actuales muestran que está más vinculada con la motivación y la anticipación del placer. Por ejemplo, interviene en lo que ocurre antes de comer, antes de escuchar música o antes de recibir una recompensa económica, activando el deseo y los procesos de aprendizaje asociados a repetir conductas que resultan gratificantes. También participa en aprender que algo es valioso, como recordar que un restaurante ofrece buena comida y querer volver. Pero son los opioides endógenos los están más directamente implicados en la generación de la sensación de placer en sí, es decir, en la experiencia hedónica que sentimos en el momento en que consumimos algo placentero.
¿El placer que produce escuchar música es el mismo que el que resulta de mirar un cuadro o comer algo que te gusta?
Cada tipo de estímulo tiene circuitos específicos. Por eso, el placer que produce escuchar música no es idéntico al que produce comer, ni al que se experimenta en otras situaciones. Aun así, aunque cada experiencia tenga componentes propios, todas ellas tienden a converger en las mismas áreas del circuito de recompensa: el núcleo accumbens, zonas de la corteza orbitofrontal, el área tegmental ventral…
Recientemente ha habido una polémica entre investigadores sobre si el placer que se siente al ver porno es o no el mismo que el que se experimenta al escuchar a Bach o estar ante un cuadro de Renoir… ¿Existen niveles más o menos elevados o sofisticados de placer o son todos más o menos lo mismo?
Algunos autores proponen que hoy existen estímulos que proporcionan recompensas rápidas y repetidas, como ocurre con plataformas como TikTok, que ofrecen gratificaciones muy básicas pero continuas, mientras que otros estímulos más complejos o de orden superior, como el arte o ciertas experiencias culturales, generan recompensas más lentas pero potencialmente más duraderas. El contraargumento defendido por otros investigadores es que si los circuitos de recompensa del cerebro son los mismos, entonces las experiencias no serían tan diferentes. Probablemente ambas posiciones tengan parte de razón, pero el hecho de que se activen las mismas áreas cerebrales no implica que la experiencia subjetiva sea igual. Todos sabemos que no es lo mismo, por ejemplo, comer que ganar dinero, aunque compartan algunos mecanismos neuronales. Otra cuestión distinta es hasta qué punto hablar de placeres de alto o bajo nivel puede considerarse elitista o no, lo cual es más un tema más psicológico o filosófico que estrictamente neuronal.
También influirán en la experiencia del placer cuestiones como el contexto, la propia personalidad, o eso tan misterioso llamado consciencia…
Intervienen muchos otros factores, y los estudios que podemos hacer en el laboratorio están muy limitados. Las condiciones en las que presento los estímulos a mis participantes no acostumbran a ser ideales: les pongo su música preferida o hago que reciban un zumo para estudiar cómo se activan las áreas del cerebro con la comida, pero nadie escucha música tumbado durante una resonancia magnética que produce ruido, y beber zumo a través de un tubito no es lo mismo que comer en un restaurante bonito con amigos. La experiencia cotidiana incluye contexto, interacción social, memoria y emoción, y todo eso influye en cómo vivimos el placer. Desde un punto de vista básico puedo explicar qué áreas se activan, pero la experiencia real es mucho más rica porque distintos sistemas cerebrales, cognitivos y psicológicos interactúan.
Se habla también del conocimiento como intensificador del placer, de que el ir profundizando en áreas como la música, el arte o también la gastronomía, aceptando niveles cada vez más complejos, también puede modificar el nivel de ese disfrute.
Sabemos que a nuestro cerebro le gusta la información, porque busca comprender el mundo y construir un buen modelo de él. De hecho, la información es reforzante. Cuando tengo más información, cuando entiendo mejor las cosas, se activa el circuito de recompensa.
En el otro extremo estarían los estímulos más inmediatos, el pequeño subidón de un “like”, por ejemplo, en las redes sociales…
Los impactos rápidos no permiten asimilar toda la información, mientras que los aprendizajes más lentos y profundos se integran mejor y producen una satisfacción más duradera y significativa. Sin entrar en valoraciones maniqueas, existe un tipo de estímulo muy inmediato, basado en impactos rápidos. Estos actúan principalmente sobre el sistema dopaminérgico, no tanto para generar placer directo, sino para producir señales de atención y motivación, manteniéndote pendiente y promoviendo el aprendizaje continuo. Por ejemplo, recibir un “like” o un dato nuevo no produce necesariamente una sensación intensa de placer, pero sí activa este mecanismo motivacional: te mantiene atento, expectante y enganchado.
Esa anticipación, esa motivación, por tanto, se relaciona con ciertas adicciones.
Sabemos, por ejemplo, que uno de los aspectos más adictivos de las máquinas tragaperras es el momento en que estás a punto de ganar y pierdes: cuando aparecen dos campanitas y la tercera parece que va a salir… pero no sale. Curiosamente, estos momentos también activan ciertas áreas del circuito de recompensa. Aunque parece el peor instante, el más frustrante, ese en el que quizá das un golpe a la mesa, tu cerebro lo interpreta como una señal de “casi lo lograste, inténtalo de nuevo”. La proximidad al éxito genera motivación para seguir, pensando que la próxima vez sí habrá recompensa. Evolutivamente, estos mecanismos no se desarrollaron para el juego, sino para situaciones como cazar una presa: si casi atrapas algo, es adaptativo intentarlo de nuevo. En el contexto del juego, estos momentos frustrantes son también, paradójicamente, los que hacen repetir la conducta y activan el núcleo accumbens.
Hablando de evolución, si pensamos en la comida o el sexo la cosa está clara, pero… ¿qué sentido tiene, en términos evolutivos, que sintamos placer con la música o la pintura?
Los estímulos primarios -el sexo, la comida o la bebida- son esenciales para la supervivencia y se dan en todos los animales: esos reforzadores nos impulsan a comer y a tener sexo, porque si no moriríamos o no nos reproduciríamos y la especie desaparecería. Se habla después de los estímulos secundarios, que son aquellos que te dan acceso a los primarios, como por ejemplo, el dinero. Pero hay otros en los que esto se vuelve más complejo, porque cocinamos, mezclamos ingredientes para que tengan mejor sabor, para experimentar cosas nuevas, hacemos arte, hacemos música…
Quizá Gene Simmons o Mick Jagger te dirían que lo de la música también sería una forma de acceder al placer más primario de todos…
De hecho, hay teorías muy interesantes con respecto a la música, que tiene que ver con la manera en el que el cerebro anticipa. Es una máquina que disfruta prediciendo y entendiendo el mundo, y que está constantemente tratando de mejorar su modelo interno de cuál es el funcionamiento de todo. La música es perfecta para eso porque funciona como un acertijo. Si te pongo música completamente ajena a tu cultura, probablemente no te gustará; pero si te pongo una pieza nueva dentro del estilo que conoces, tu cerebro empieza de inmediato a generar predicciones que se van resolviendo. Y no siempre son lo que esperaba, pero se acercan.
Los misterios de la armonía. Las notas que “resuelven” otras que quedan como suspendidas y que nos hacen por alguna razón anticipar y desear esa resolución, ese cierre… que parece que genera un alivio cuando ocurre, y cuando no lo hace provoca extrañeza e inquietud.
Esas predicciones se cumplen a veces y otras no, pero suelen resolverse de una forma cercana a lo esperado. Luego llega el estribillo, que se repite y que reconoces sin recordarlo del todo, pero lo suficiente. Y ahí aparece esa sensación de “ah, claro, esto iba aquí”, como si estuvieras siguiendo una historia. Este juego constante entre prever y sorprenderse es clave. Y vemos que a la mayoría de la gente le gustan los niveles de complejidad intermedios: música que pueden anticipar en buena medida, pero que no es tan simple como para resultar aburrida ni tan impredecible como para perderse. Es ese equilibrio -ese intento continuo de adivinar qué va a pasar- lo que quizá hace que la música resulte tan placentera.
También es un hecho que algunas personas son más sensibles a unos estímulos que a otros. Hay quien disfruta enormemente de la música pero es insensible a la pintura o la escultura… y viceversa. Y se dan casos extremos, como el de la anhedonia musical, que tú mismo has investigado.
A nivel global sabemos que, dentro de la población que no tiene ninguna patología, hay diferencias muy grandes en cómo se procesa la recompensa. Es decir, hay gente que en general disfruta mucho de todo y hay gente que disfruta poco de todo, que no es que esté triste, pero que tiene respuestas más pequeñas. Esto se sabe desde hace mucho y se puede relacionar con el funcionamiento del circuito de recompensa. Pero además recientemente hemos trabajado sobre personas que tienen un rango de sensibilidad a la recompensa normal, pero concretamente la música no les gusta. Disfrutan del sexo, la comida… pero no de la música. Es una anhedonia específica. Lo que vemos es que el circuito de recompensa funciona bien, si les pones a jugar a juegos de azar se activa normalmente, pero lo que les falla de algún modo es la conexión de las áreas que perciben y procesan el sonido o la música, que también funcionan bien, con el circuito de recompensa. Esta especificidad puede deberse a factores genéticos, hereditarios, de aprendizaje… Esto sugiere que, además de esta que hemos estudiado, seguramente existen anhedonias específicas frente a otro tipo de estímulos, por ejemplo, gente que disfrute de todo, pero la comida le diga poco.
¿Cómo se explica que algunas personas encuentren placenteros estímulos que en principio no lo son, como, por ejemplo, el dolor?
Es una cuestión compleja y en algunos casos entra ya en el terreno de la psicopatología. Sin embargo, hay ejemplos que ayudan a entender el mecanismo. Por ejemplo, se ha estudiado bastante el caso de personas que se autolesionan sin intención suicida, algo que hoy preocupa especialmente entre los jóvenes. Muchas de estas personas explican que se hacen daño porque les calma. Cuando alguien está muy ansioso o con una sensación intensa de malestar, el dolor físico puede actuar como un foco que desplaza la atención hacia una sensación concreta, reduciendo la ansiedad. Además, algunos estudios muestran que estas conductas pueden activar sistemas opioides del cerebro, lo que contribuye a esa sensación de alivio. En psicología esto se entiende a través del concepto de refuerzo. Un refuerzo no siempre consiste en obtener algo positivo; también puede ser reducir algo negativo. Por ejemplo, cuando tienes dolor de cabeza y tomas una pastilla, no obtienes algo placentero, sino que eliminas una molestia. En el caso de las autolesiones, se trataría de conductas maladaptativas: aprendes a repetir una conducta que reduce algo desagradable, pero que no es la forma adecuada de afrontar la situación.
Glosario
Sistema o circuito de recompensa: Conjunto de estructuras cerebrales que procesan estímulos reforzantes y guían el aprendizaje y la motivación. Incluye principalmente el núcleo accumbens, el área tegmental ventral, la corteza prefrontal y el estriado.
Núcleo accumbens: Estructura del cerebro situada en el estriado ventral y considerada uno de los centros principales del sistema de recompensa. Participa en la evaluación del valor de los estímulos, la motivación y el aprendizaje asociado a recompensas.
Neurotransmisor: Molécula química que permite la comunicación entre neuronas. Se libera en la sinapsis y actúa sobre receptores de la neurona siguiente. Ejemplos en el sistema de recompensa son la dopamina, la serotonina, los opioides endógenos y la oxitocina.
Dopamina: Neurotransmisor implicado en la motivación, la anticipación de recompensas y el aprendizaje basado en refuerzos. Aunque popularmente se asocia al placer, la investigación actual indica que su función principal está relacionada con la motivación y la predicción de recompensas, más que con el placer directo.
Sistema opioide endógeno: Sistema neuroquímico del cerebro compuesto por péptidos como las endorfinas, encefalinas y dinorfinas, que se unen a receptores opioides. Está implicado en la modulación del dolor, el placer y el bienestar.

