El fotógrafo Alfredo Cáliz entendió su oficio desde el principio como un vehículo para “salir de casa”, lo que para él significa ir al encuentro de lo distinto, exponerse al otro y buscarse en él, documentar realidades difíciles, ver qué hay de cierto en las fronteras que nos cuentan, en los estereotipos que nos contamos, y cuestionar todo ello con su cámara. Y eso es lo que ha venido haciendo en lugares como Marruecos, Senegal, Mauritania, Guatemala o Irlanda, países en los que ha realizado reportajes para medios como El País Semanal y fotografías que han aparecido en publicaciones como The New Yorker, The Guardian, La República o Financial Times y en sus propios libros, como Inshalláh, We in Ireland o La carretera de la esperanza. Recientemente ha publicado Fotografía del desastre, con el que debuta como escritor.
Te defines como “fotógrafo de personas, animales y cosas…”
Me sigo identificando con eso, me basta la etiqueta y calificativo de fotógrafo. No aspiro a ser otra cosa. No necesito saber si soy un artista. Aunque últimamente escriba, eso no me convierte en menos fotógrafo. Acaso me convierte más en un fotógrafo que escribe que en un escritor que hace fotos.
Y entonces, ¿cómo defines fotógrafo?
Bueno, pues es una persona que hace fotos. O incluso alguien que piensa en la fotografía, porque últimamente hay una cierta resistencia de los fotógrafos, cosa que de alguna manera entiendo, a hacer fotos: primero porque hay muchas y segundo porque cuesta saber qué quiere uno fotografiar para introducir en toda esa corriente, magma o cascada de imágenes. La relación con las imágenes ha cambiado bastante desde la llegada de lo digital, en esta última vuelta de tuerca de la democratización a lo bestia de la fotografía, y ahora se podría decir que el fotógrafo no es tanto el que hace fotos como el que se relaciona con las fotografías.
Pero, por otra parte, hoy se ve por las calles a mucha gente joven con viejas Rolleis, Olympus o Canonets analógicas… Parece que hay un cierto regreso a la lentitud y a la sorpresa de un resultado que no se ve al instante en un tiempo en el que se hacen miles de fotos irreflexivas con el móvil.
Creo que algo que hay que ajustar ahora es dar a las cosas el tiempo que precisan. Antes la escala de producción de imágenes era mucho más humana y supongo que sí hay una cierta nostalgia de eso. Pienso que cualquier esfuerzo que hagamos por una, digamos, ecología de las imágenes resultará valioso. Quizá deberíamos saber cuánta energía nos cuesta enviar todas esas fotos, cuánta agua hace falta para que todas esas imágenes estén esas nubes en las que almacenamos tanto material superfluo. Yo mismo he vuelto a fotografiar en analógico, aunque no soy particularmente nostálgico de aquello, aunque sí del tiempo que se empleaba y de poder hacer pocas imágenes. Pero no sufrí mucho por el paso a lo digital, fue más traumático pasar del formato cuadrado al horizontal.
Me pregunto de dónde viene en tu caso la pulsión por hacer fotos, cuándo nace esa necesidad, si tiene que ver más con el juego de la luz, el color, el encuadre, o con la documentación, que parece algo muy importante en tu carrera.
Yo siempre he pensado que me dedicaba a hacer fotos para salir de casa. Y en particular para salir del barrio e ir a ver mundo. El barrio a mí me daba tanto miedo que me tuve que ir al mundo, que me daba menos, no sé por qué. Quizá porque allí las personas malas no tenían rostro y en el barrio sí. Entonces encontré en la fotografía un argumento para poder salir. Hay algo en mi vida profesional, en mi vida como fotógrafo, que siempre ha tenido que ver con el exterior, con el viajar, con salir al encuentro de personas diferentes a mí. Porque qué gusto da cuando pones tu cuerpo en otros lugares y recibes aires diferentes y conoces a gente que no tiene nada que ver contigo. Aunque -y no quiero que esto suene pedante, ni místico- el viaje importante es el que sucede por dentro, “el viaje es uno mismo”, como dice la cita de entrada que elegí para mi último libro.
Así que fue el viaje el que tiró de la foto…
No sé qué vino primero, pero desde luego lo uno alimentó a lo otro. Mi padre hacía fotos y yo empecé a los doce o trece años, en mi casa había dos cámaras y las sacaba a la calle con mis amigos en la adolescencia. Desgraciadamente conservo muy pocas de aquellas imágenes. Fotos de cuando éramos chavales y estábamos buscando, a través de la fotografía, nuestra propia identidad; la fotografía nos servía sobre todo, para indagar en quiénes éramos. Me da pena, porque además la mayoría de mi producción fotográfica, a partir de los 19 años, que es cuando empiezo a vincularme con lo profesional, es más de lo lejano que de lo cercano.
De todos los países a los que has viajado, Marruecos fue el que te enganchó. ¿Qué encontraste en él?
Hay un texto que escribí para el prólogo de mi libro Inshalláh que creo que lo expresa bien: “Uno viaja a Marruecos para encontrarse con el otro, deja atrás un lugar y se entrega a una especie de indefinición que se parece a la de la vida, que no es otra cosa que el gran viaje. Uno viaja para hablar, y hablar es salir a buscar la parte que nos falta”. Esta última parte está inspirada en un texto de Gustavo Martín Garzo y reflejaba muy bien esa búsqueda. Para mí Marruecos tenía que ver con algo que me completaba como individuo. Yo no viajo a Marruecos para conocerlo, para ver las cascadas y los paisajes, sino para reconocerme, porque hay un pasado común y eso es lo que me atrapa. Trataba de fotografiar Marruecos en contra de los estereotipos, contra esa mirada orientalista que hace que solo se espere ver tipos con chilaba, mujeres con velo, calles misteriosas y recónditas de la medina… Luego me di cuenta, con los años, que no vale la pena intentar derribar los estereotipos, que hay que aceptarlos, jugar con ellos, bromear. Yo me dediqué a intentar ampliar las narrativas, ofrecer a las personas otras miradas.
Y lo hacías en blanco y negro, aunque te he leído decir que el blanco y negro te resulta amanerado, como hueco… Después has utilizado más el color, en tus viajes a Mauritania, Mali, Senegal…
No sé si lo dije, si lo hice fue quizá por provocar. He podido decir que me resulta más fácil que el color, también por provocar, aunque apostillaría que hacer un buen trabajo es tan difícil en blanco y negro como en color. Es cierto que la abstracción del blanco y negro te lleva a un universo en el que se penetra con otras reglas distintas, además de que nos separa de las miles de fotos que tomamos con el móvil. En el periodo anterior a Marruecos había estado en Guatemala y en México fotografiando solo en color, influido por el trabajo de Alex Webb y Harry Gruyaert, de los que había visto unas exposiciones en Madrid. Pero en Marruecos decidí hacer blanco y negro. Recuerdo una foto increíble de Max Pam, en la que se veía una fila de camellos diminuta, recorriendo el horizonte, y arriba había un pájaro desenfocado… Esa imagen me voló la cabeza, fue toda una invitación al blanco y negro. También, quizá, como reacción a José Manuel Navia, que fotografiaba Marruecos en color. Sin embargo en África negra fotografié siempre en color. De todos modos, al igual que hay que luchar contra los tópicos del blanco y negro, pasa lo mismo en el color. No porque haya una escena muy colorida significa que va a ser una buena foto, que es aquella en la que el fotógrafo entiende cómo funciona el color dentro de esa imagen.
Siempre se dice que es el fotógrafo y no la cámara. Pero bueno, supongo que hay herramientas, cámaras y ópticas con las que te sientes más cómodo.
Siempre he sido fotógrafo de objetivos fijos. Y pocos. Nunca he llevado muchas lentes. He trabajado con ópticas cortas y predominantemente con el que mira como nuestro ojo, el 50 mm, cuando usaba las Nikon, y como mucho el 35. Y he utilizado mucho el formato cuadrado, con la Hasselblad, en este caso siempre con el 80 mm. Con la Hassel me he sentido muy cómodo, porque llegué a controlar mucho la distancia a la que quería fotografiar las cosas, lo que me parece clave. Me resultaba fundamental saber dónde me quería colocar para contar las cosas e introducir eso que podríamos llamar “orden” en la imagen.
Esas ópticas de las que hablas no son solo una elección estética, sino también ética. Eliges la distancia de alguien que no está demasiado encima, tampoco abres demasiado el campo. Es una mirada natural…
Aspira a ser una mirada natural, neutral y hasta benévola… lo cual es mentira, pero bueno, se aspira a eso. A veces uno se puede sentir mejor persona utilizando un 50 mm. En cualquier caso, lo he utilizado como reacción para enmendarle la plana a Robert Capa y su famosa frase “si tus fotos no son lo suficientemente buenas, es que no estás lo suficientemente cerca”, que ha sido mal digerida por muchos fotógrafos, que se meten muy cerca con los angulares. Y a mi juicio desde tan cerca no se ven bien las cosas. En realidad cuando Capa dice eso te está diciendo que le importa una mierda si su foto es o no verdad, él había venido a España a luchar contra el fascismo. Y esa es una cercanía emocional, una forma de entender la vida, y no estar cerca y meterle la cámara en el ojo a alguien… Es eso que John Berger dice en otra frase: “Acercarse significa olvidar la convención, la fama, la razón, las jerarquías y el propio yo. También significa arriesgarse a la incoherencia, a la locura incluso”. También Cartier-Bresson, con aquello del instante decisivo, hizo que muchos fotógrafos viesen en la fotografía una faceta depredadora -que la tiene-, un estar al acecho de algo, pero yo nunca he querido estar al acecho de nada. Mi actividad es estar mirando, sí, escuchando, también… Tienes que estar muy vivo y muy presente, pero no al acecho. Hay fotos anécdota que son muy buenas pero no son las que más me interesan.
De hecho, la tuya es una fotografía lenta, de largo recorrido, de estar en los lugares, quedarte un tiempo, conocer a la gente, ganarte su confianza…
Y sobre todo, si se puede, volver a los lugares. Volver para devolver me parece fundamental. Siempre he intentado contar lo que es el ser humano, buscar los puntos de encuentro entre las personas. Nunca he aspirado a nada tan grandilocuente como cambiar el mundo. Pero tengo la sensación de que fotografiar de una determinada manera, tratando de desenredar los espejismos de quiénes son unos y quiénes son otros, sí me ha hecho mejor persona y me ha construido como fotógrafo. Habré cometido errores, habré sido ingenuo e incluso irrespetuoso pensando que no lo era, pero me he comido muchos bocadillos de sardinas debajo de árboles en medio de la nada, pensando en quiénes somos como individuos.
Has trabajado también con ONGs, en campos de refugiados, por ejemplo en Mauritania. Son situaciones difíciles, que sin embargo dan lugar a imágenes de gran belleza.
Es uno de los grandes debates en fotografía, entre lo estético y lo documental. Ahí tenemos a Sebastião Salgado, al que siempre le han llovido críticas. Puedo estar de acuerdo con algunas de ellas, pero vale la pena mirar sus fotos, es un gran fotógrafo. Desde luego es una paradoja, algo obscena, que puedas tener un libro de gran calidad sobre gente que está en la miseria en el desierto de Sudán. Pero la belleza aporta, no desestimemos su poder. Es una herramienta casi política. Que alguien sea capaz de seguir mostrando la belleza en un mundo que se derrumba, como el de ahora, es valioso. No es que haya belleza en lo terrorífico, es que siempre habrá algo ahí que despierte la belleza. Pero también hay un dilema en el hecho de ser blanco haciendo fotos en África. No importa lo buena persona que seas: no dejas de ser un blanco contando la historia de un negro. Eres heredero de una historia, cargas con ella, y además tienes privilegios. No sé si la solución es dejar de hacerlo, pero desde luego no hay que dejar de cuestionarlo. Es complejo. No hay que perder de vista a Susan Sontag cuando habla del fotógrafo como un “turista profesional”. Porque si lo piensas bien, el único que viaja de verdad es el migrante. Los demás hacemos turismo. ¿Puedo leerte algo? Es algo que escribí para mi libro Fotografía del desastre…
Claro, adelante.
“Viajar me ha ayudado a comprender que no hay una frontera geográfica que separe civilización de barbarie. Una línea como la de los mapas donde acabe una y comience la otra. Que es dentro de cada país, de cada persona incluso, donde se dan ambas. Que lo que uno ve fuera es el reflejo de lo que le pasa por dentro. Y que todos tenemos un lado de luz y otro de sombra. Salir al encuentro de un desconocido para descifrar quién es uno mismo, ese es el reto de cada viaje. Fue en Marruecos donde me encontré con eso que los antropólogos llaman “el otro”, que no es más que una construcción mental, la otra cara de la moneda con la que nos completamos a nosotros mismos. Por eso el filósofo Levinas escribió “el otro soy yo”. Por eso la fotógrafa Sofía Moro dice que los demás hacen de nosotros lo que somos. Por eso, sin darnos cuenta, cuando nos olvidamos, somos capaces de ver la paja en el ojo ajeno, que solo explicita la viga en el propio”.
Hablando de fronteras, o de su ausencia, uno de los proyectos en los que estás metido tiene que ver con crear una especie de parque global a partir de fotografías de parques de todo el mundo.
Desde 2013 los he fotografiado en cerca de treinta países, con la intención de crear uno ficticio hecho con trozos de esos parques. La primera foto la tomé en Bolivia, después de fotografiar unas oficinas de Repsol para un encargo. Salí de ese mundo del petróleo, me metí en un parque, empecé a ver gente besándose y las hice con el 50 mm, a una distancia en la que creo que no estoy molestando a nadie… Dos meses después me encontré en otro parque en la ciudad de Maputo, en Mozambique, lo fotografié, junté las dos imágenes y me pareció que tenía sentido. Así comenzó este proyecto. Tengo parques de Estambul, Cork, México, Moscú, Madrid, Tokio, Johannesburgo… Se trata de ponerlos juntos para crear un solo parque, una tira infinita de parques. Me gusta esa idea de la continuidad.
Vaya, el libro podría titularse Continuidad de los parques, solo que ya lo utilizó Cortázar para un relato…
Sí, lo leí pero vi que no tenía nada que ver con esto… El título a día de hoy es “Parque”, me lo sugirió un amigo y me gusta. La cuestión es que cada vez que entro en un parque pienso: “esto se comporta como un parque”. Me pongo a fotografiarlo y lo disfruto. Los parques tienen muchas cosas que me gustan. Santiago Alba Rico enumera en un texto que le pedí algunas de las que se pueden hacer en ellos, como jugar, amar, y meditar. Escribe: “No habría parques en nuestras ciudades si no acudiésemos a ellos a jugar, amar o meditar, los tres palotes elementales que definen la humanidad. Pero los parques, con sus alamedas, sus bancos, sus arriates, sus fuentes, no sirven para eso, sino para recordarnos en un espacio compartido todo lo que tienen en común nuestras particularidades”.
Esto también conecta con la película Blow-Up, de Antonioni, donde precisamente un fotógrafo capta una imagen de una pareja besándose en un parque de Londres que, después de ampliarse muchas veces, parece revelar un misterio…
Es verdad… Es que en cualquier lugar del mundo ahí está el ser humano haciendo las cosas que necesitamos seguir haciendo para ser humanos. Si no tenemos un parque donde ir a besarnos o a comernos un bocadillo, no tenemos nada. Como escribe Alba Rico: “el parque sirve para darse besos y darse besos sirve para defender el parque”.
Hablando de comer… también llevas años haciendo fotografía gastronómica, para la Guía Repsol.
Empecé a fotografiar cocineros estando en la revista Marie Claire, después hice algún reportaje de chefs o de vinos para El País Semanal… Cuando empecé en la Guía Repsol, los primeros seis años lo alternaba con mis viajes a Mauritania, donde trabajaba para Naciones Unidas haciendo libros de sus proyectos. He tenido la oportunidad de fotografiar un montón de restaurantes (y de comer en ellos…, qué suerte) y todo lo que les rodea, que también tiene que ver con el turismo, con pasear por bosques y playas, con estar con gente que se dedica a producir alimentos de buena calidad, hechos con cariño. Como dice mi amigo Bru Rovira: “España es un país lamentable lleno de gente maravillosa” y yo me encuentro con ella en esta etapa, vinculado a la gastronomía. Nunca me imaginé que este tipo de fotos fuese a tener tanto peso en mi vida profesional y estoy muy agradecido de que suene el teléfono y sigan entrando encargos que me permitan seguir haciendo fotos. La fotografía tiene esa particularidad de que a veces te toca estar en un campo de refugiados y otras en Atrio. Y a mí me encanta comer. Creo que quizá mi principal pecado es la gula, me traiciona mi estómago. Así que supongo que también es un pecado que tenga este trabajo…
Fotografía de portada:
Playa de Maputo, Mozambique, 2013



