Eso es. Hemos perdido nuestro paladar para la conexión humana en la vida real.
Scroll infinito, likes, ofertas y descuentos a un clic de distancia; chicos bailando, gente opinando; pornografía sin límite para todos los gustos… Estamos atrapados por algo que parece superior a nosotros y que está modificando de manera quizá irreversible nuestra relación con las fuentes tradicionales de placer y también con nuestros semejantes. Desde la Universidad de Stanford (California), la psiquiatra Anna Lembke, especialista en adicciones, se ha convertido en una de las voces más respetadas a nivel internacional en torno a estos asuntos. En su trabajo de divulgación se ha dedicado a explicar cómo la búsqueda incesante de placer termina generando más ansiedad y malestar, algo que mostró a través de casos reales en su libro Generación dopamina. También participó en el documental de Netflix The Social Dilemma, en el que analiza cómo las redes sociales están diseñadas para captar nuestra atención y activar los circuitos de recompensa del cerebro.
Has escrito que “cuanto más placer obtenemos, menos felices somos”, lo que parece indicar que, como ocurre en otros ámbitos, la dosis hace el veneno. ¿Cuál es el mecanismo detrás de esto?
Se trata de un proceso de neuroadaptación mediante el cual, sin importar cuán placentero o gratificante sea algo, nuestro cerebro se adapta químicamente a ello, de manera que con la exposición repetida, la cantidad de placer que experimentamos se vuelve más débil y de menor duración, y la respuesta tras ese mecanismo se vuelve más fuerte y larga, es decir, la caída es mayor. Por tanto, no importa cuánto placer experimentemos, con la repetición dejará de ser más placentero, porque experimentaremos más dolor después, de manera que la búsqueda incansable del placer por sí misma puede llevar a la anhedonia, a la incapacidad de experimentar cualquier placer. Esto ocurre porque si bombardeamos nuestro sistema de recompensa con sustancias y comportamientos que liberan mucha dopamina de una sola vez, esencialmente agotamos ese sistema y con el tiempo necesitamos más dopamina para tener una sensación de recompensa.
En la industria alimentaria se maneja el concepto de “bliss point”, una ecuación perfecta de grasa, sal, azúcar, crujiente… que hace casi imposible comer solo un snack. Simplemente no puedes parar. ¿Hay algo de esto en el modo en el que están diseñadas ciertas aplicaciones y mecanismos en las redes sociales e internet?
Sí, lo que las redes sociales han hecho es básicamente “droguificar” la conexión humana al reducirla a sus elementos esenciales más potentes. Y lo hacen a través de características de diseño dinámicas, como el acceso sin fricción, el scroll infinito, la reproducción automática, el algoritmo que sabe dónde hemos estado antes y qué nos ha gustado y luego nos ofrece más y más contenido de ese tipo y versiones más extremas del mismo para, con el tiempo, superar nuestra tolerancia. La dopamina es muy sensible a la cuantificación, por lo que el número de likes, de comentarios y de veces que se comparte algo que hayamos publicado refuerza nuestro sistema de recompensa mamífero. Además, recibimos notificaciones que nos vuelven a atraer, incluso cuando estamos haciendo otra cosa. Y el algoritmo no está solo diseñado para ofrecer cosas que nos gustaron antes, sino para inyectar novedades y crear un tipo de recompensas intermitentes o impredecibles que activan el aspecto que tiene que ver con la “búsqueda del tesoro” o el “forrajeo epistémico” de nuestro cerebro, que evolucionó para hacernos salir en busca de las recompensas que necesitamos para sobrevivir.
Internet parece haberse convertido para nosotros en lo que sería una inmensa tienda de golosinas para un niño. Y además tenemos la llave, la llevamos en el bolsillo y podemos abrir la tienda cuando queramos, estemos donde estemos.
Millones de años de evolución nos han diseñado para conectarnos con otras personas. La manera que tiene nuestro cerebro de llevarnos a hacer eso es convirtiéndolo en placentero, reforzante, liberando dopamina en la vía de recompensa. Y lo que las redes sociales han hecho es volver las conexiones humanas más accesibles, más abundantes y sin el trabajo previo que normalmente se requiere para que esas conexiones sean más reforzantes, a través del algoritmo y los likes, que producen refuerzos más intermitentes, con este “efecto de máquina tragaperras”, que proporciona recompensas impredecibles. Esto es especialmente peligroso para los niños, cuyo cerebro todavía se está desarrollando y quienes están aún más diseñados para conectar con otros durante la infancia como medida de supervivencia, y también durante la adolescencia, como medio para explorar el mundo y encontrar pareja. Hemos creado un medio mediante el cual, sin ningún trabajo previo, sin que se requiera ninguna reciprocidad o compromiso, tenemos acceso a todo un universo de hermosas imágenes, de rostros y personalidades cuidadosamente seleccionados que realmente distorsionan nuestras vías de recompensa. Como parte del resultado, no solo somos vulnerables a este medio y a la ilusión de conexión que crea, sino que nos volvemos menos interesados en las personas que nos rodean.
El mundo real de pronto se vuelve insípido…
Eso es. Hemos perdido nuestro paladar para la conexión humana en la vida real.
Has dicho también que “pasamos mucho tiempo masturbándonos, comprando online y viendo lo que hacen otras personas en internet mientras nosotros solo observamos”. No es una imagen muy atractiva. Tampoco muy activa.
Así es. Resulta que la dopamina, además de su función en el placer, la recompensa y la motivación, es un neurotransmisor clave para el movimiento, para mover nuestro cuerpo. Por ejemplo, la enfermedad de Parkinson se caracteriza por la pérdida de dopamina en una parte del cerebro llamada substantia nigra. Y probablemente no es una coincidencia que el mismo neurotransmisor que es importante para la recompensa y la motivación también lo sea para el movimiento, puesto que típicamente estas cuestiones están combinadas. Incluso el gusano más primitivo libera dopamina en respuesta a la comida en su entorno, y esa dopamina le permite moverse hacia el alimento. Y nosotros también evolucionamos para tener que movernos con el fin de obtener estas recompensas necesarias para nuestra supervivencia. Así que resulta muy confuso para nuestros cerebros que llevemos estas existencias desarticuladas en las que no tenemos que mover nuestros cuerpos en absoluto y, sin embargo, obtenemos ese chute de dopamina de los medios digitales con solo deslizar una pantalla a derecha o izquierda, sentados en el sofá. Por eso una gran parte de la recuperación de la adicción implica que las personas se levanten del sofá y se reconecten de manera positiva y saludable a través del movimiento, estando físicamente activos, obteniendo sus recompensas indirectamente, de forma mucho más saludable, haciendo cosas difíciles, practicando deporte, interactuando con el mundo natural.
Suele decirse que placer y dolor son dos caras de la misma moneda. Tú los comparas con un balancín. Las adicciones, el placer inmediato, pueden funcionar como vía de escape del dolor, de los problemas cotidianos.
Ciertamente, el estrés diario y los problemas significativos pueden aumentar el riesgo de adicción, pero también es cierto que puedes llevar una vida perfecta y aun así volverte adicto si estás expuesto, como lo estamos ahora, a sustancias y comportamientos altamente reforzantes. Porque de manera refleja buscamos el placer y evitamos el dolor, así es como estamos diseñados en nuestro nivel más básico. De hecho, supone una carga cognitiva bastante pesada hacer lo contrario, es decir, evitar el placer y buscar el dolor. El problema es que este tipo de mecanismo de aproximarse al placer realmente evolucionó para un mundo de escasez y peligro siempre presente, no para el que tenemos ahora. Nuestro cerebro no evolucionó para funcionar en este ecosistema de abundancia. Así que nuevamente tenemos esta discrepancia entre nuestros instintos y nuestros reflejos y lo que realmente debemos hacer hoy para estar saludables es evitar los placeres, especialmente los intoxicantes, o al menos moderarlos enormemente, y buscar intencionadamente inconvenientes, desafíos e incluso hasta cierto punto dolor físico para mantener un equilibrio saludable con nuestras vías de recompensa.

Parece haber hoy en el mundo real una tendencia al control, la sobriedad, la abstinencia o la reducción del consumo de ciertas sustancias, como el alcohol o el tabaco, o incluso de la práctica del sexo, mientras al mismo tiempo en internet nos dejamos ir, nos permitimos una especie de bacanal virtual.
Esta es una cuestión que me intriga mucho, y de hecho mi próximo libro, que saldrá en noviembre, se titulaRadical Surrender: Letting Go in a World Addicted to Control [Rendición radical: dejarse ir en un mundo adicto al control]. En él exploro algunos de estos temas, cómo de algún modo hemos diseñado un mundo hipercontrolado cada vez más desprovisto de misterio e incertidumbre, cuestiones que sin embargo anhelamos para sentirnos vivos. Así que hoy generamos nuestra propia incertidumbre de diferentes maneras, como pasar a este espacio virtual y obtener ese tipo de recompensas impredecibles al estilo de las máquinas tragaperras. Es irónico, porque los comportamientos y sustancias adictivas comparten ese elemento de sorpresa, incertidumbre y misterio, pero también son una forma de ejercer el control, de ver cómo alternar control e incertidumbre y llegar a tener una sensación de dominio. Así que resulta un poco paradójico, pero es una intersección muy interesante en los problemas del consumo compulsivo excesivo, que por definición supone estar fuera de control, pero que desde otra perspectiva es también una búsqueda de control, de dominio sobre el caos.
Quizá en el caso de internet esa tendencia a la compulsión también tiene que ver con que por lo general la practicamos en solitario, sin testigos
Eso es cierto. Internet se ha convertido en una especie de patio de juegos para el id, el ello, con esa especie de derroche anónimo y no vigilado de emociones, deseos… esa necesidad de misterio e incertidumbre que cada vez está más ausente de nuestras vidas reales en el mundo hipercontrolado que habitamos.
En relación con este asunto del control, estamos viviendo el boom de medicamentos como Ozempic, que en principio se dirigían a los diabéticos, pero que después se están utilizando para perder peso. Y al parecer actúan como inhibidores del deseo, pero no solo en el mundo de la comida… Si teníamos painkillers, ahora parece que hemos dado con los pleasurekillers…
Sí, definitivamente estamos viendo esto en algunos individuos que toman este tipo de medicamentos GLP-1. No solo es que tengan menos apetito por la comida, sino también por el alcohol, el sexo, el juego… Pero, curiosamente, la mayoría de esas personas no quieren dejar sus GLP-1, porque es un alivio para ellos no tener que lidiar constantemente con el consumo excesivo compulsivo y los daños que provienen de ello, y están dispuestos a hacer ese intercambio. Así que los considero principalmente como un intento moderno de adaptarse químicamente a nuestro mundo de sobreabundancia de dopamina, en el que el principal desafío es consumir menos porque todo está disponible y tenemos cerebros primitivos que evolucionaron para consumir tanto como fuese posible cuando teníamos la oportunidad, porque nunca sabíamos cuándo podríamos obtenerla de nuevo. Creo que el comienzo de este tipo de adaptación fueron los bypass gástricos, que resultaban muy invasivos y peligrosos y suponían un intento desesperado de comer menos. Diría que los GLP-1 están en una categoría similar. Y creo que se utilizarán cada vez más, no solo por personas obesas, sino de todo tipo, para tratar de gestionar sus apetitos.
Uno de los clichés habituales en las películas de ciencia-ficción que plantean futuros distópicos es la representación de personas delgadas, gélidas, vestidas de blanco o con colores neutros, que nunca sonríen, se alimentan a base de cápsulas y no parecen experimentar ningún placer (hasta que Woody Allen les regaló el Orgasmatron, claro). Quizá no estemos tan lejos de esto, después de todo.
Creo que el deseo es fundamental para el ser humano. Somos buscadores incansables y nunca estamos satisfechos con lo que tenemos, siempre queremos más. Y sin embargo estamos afrontando este punto de inflexión en nuestra historia en el que nuestra capacidad para satisfacer nuestro deseo ha superado a nuestra necesidad de supervivencia. ¿Qué hacemos con eso? Tal vez terminemos alterando químicamente a los humanos, quizá con los GLP-1… Pero si el deseo desaparece, ¿qué más desaparecerá con ello?
¿La especie humana?
Una película como Serenity trata sobre un planeta diseñado para no tener deseos y, cuando van a ver cómo está la población, encuentran que todos están muertos porque simplemente perdieron la motivación para levantarse, comer y hacer lo necesario para sobrevivir… De alguna manera, ya estamos viendo esto. La gente está dejando de tener hijos en las naciones más ricas del mundo. El deseo de encontrar pareja, el deseo de procrear… están desapareciendo. Y creo que también tiene que ver con la sobreabundancia, con el hecho de habernos acostumbrado tanto a la gratificación inmediata, al acceso sin fricción a recompensas instantáneas. Estamos perdiendo nuestra capacidad de esperar las cosas, de invertir en el largo plazo, de comprometernos, de tolerar el malestar, de sacrificarnos. Realmente creo que estas cualidades están disminuyendo en la población humana. Y, personalmente me preocupa que esto lleve a un futuro distópico donde la gente simplemente pierda el deseo de vivir.
El sexo online sube mientras el real baja… Esto tampoco ayuda.
Las relaciones humanas se están reduciendo a sus componentes más reforzantes, que es esencialmente lo que hacemos cuando convertimos algo en una droga. Una uva, que ya es muy dulce, se convierte en vino, que es un fuerte intoxicante. Pero estamos haciendo esto con cada aspecto de nuestras vidas. En el peor escenario, gradualmente nos iremos reemplazando con robots, todo el mundo tendrá una máquina funcional de masturbación para satisfacer sus necesidades sexuales, emocionales, intelectuales… No nos necesitaremos los unos a los otros. Espero que no suceda, pero debe haber una resistencia consciente a sucumbir a este estado de trance al que somos tan vulnerables.
Y cuando en 500 años (o 200 o quizá 50…) la realidad virtual esté tan perfeccionada que sea difícil distinguirla de la real y, sin mediación de interfaz alguna, te permita volar, acostarte con tu estrella de cine favorita e incluso cenar antes con ella, ser finalista en Wimbledon o Premio Nobel de Química, cumplir todos tus sueños y fantasías y sentir que son de verdad, ¿quedará alguien en el mundo real?
Creo que habrá un movimiento creciente de resistencia a esto, que habrá al menos un subconjunto de humanos que dirá: “No, no quiero vivir en esto, quiero la autenticidad y el desorden del mundo real”. Y ya lo estamos viendo en algunos jóvenes que se están alejando de las redes sociales, que optan por tecnologías más antiguas, como los discos de vinilo, las cámaras con película, esta especie movimientos luditas de adolescentes… Así que voy a mantenerme optimista y esperar que, a pesar de estos peligros reales a los que nos enfrentamos, nos demos cuenta de que esa no es vida para nosotros y encontremos la manera de desconectarnos y vivir en equilibrio con la tecnología, utilizándola como herramienta y no como droga.
Y si eso no ocurre y no queda nadie ahí fuera, al menos será más fácil conseguir mesa en ciertos restaurantes…
Si es que queda alguno…
El mundo real de pronto se vuelve insípido…

