Científicos de renombre en todo el mundo, como el prestigioso neurobiólogo español Rafael Yuste, consideran al neurocientífico Joseph E. LeDoux la mayor autoridad del planeta en lo que respecta al miedo. A lo largo de las cuatro décadas que ha dedicado al estudio de este tema, ha argumentado que los mecanismos del cerebro que detectan y responden a amenazas no son los mismos que los que dan lugar al miedo consciente y que por tanto no existe una “central del miedo” que lo controla todo. Esta distinción es crucial porque los síntomas basados en procesos conscientes y no conscientes pueden tener factores diferentes y tratarse con enfoques distintos en personas que sufren de miedo o ansiedad descontrolados. Además, LeDoux ha explorado cómo las experiencias emocionales y las respuestas defensivas están influenciadas por factores culturales y personales, y cómo estas experiencias pueden ser tratadas de manera más efectiva. Su trabajo ha ayudado a desentrañar los complejos mecanismos neurales detrás del miedo y ha proporcionado una base para el desarrollo de nuevas terapias para tratar trastornos de ansiedad y fobias.
Así es como el Oxford Dictionary define el miedo: «Un estado emocional evocado por la amenaza de peligro. Por lo general, se caracteriza por experiencias subjetivas desagradables; cambios fisiológicos, como aumento de la frecuencia cardíaca y la sudoración; y cambios de comportamiento, como la evitación de objetos o situaciones que producen miedo». ¿Hasta qué punto esto es preciso?
No diría que es inexacto, pero no es así como yo lo describiría. Mi visión del miedo es diferente a la de muchos en este campo y no es un dogma de fe. Durante mucho tiempo estudié, como tantos otros, cómo las ratas responden al peligro mediante el llamado condicionamiento del miedo: al combinar un tono con una descarga, la rata se paraliza y su frecuencia cardíaca y presión arterial aumentan. Todo esto comenzó en la era conductista a principios del siglo XX. El miedo no se consideraba una experiencia subjetiva, no era la sensación de tener miedo, sino una respuesta conductual al peligro. La psiquiatría, tras la Segunda Guerra Mundial, recurrió a estudios con animales, asumiendo que si una rata se paralizaba menos con benzodiacepinas, tenía menos miedo, ignorando así la experiencia subjetiva del paciente. Aunque se descubrieron antidepresivos y benzodiacepinas en los años 50 y 60, la psiquiatría se estancó en variaciones de los mismos medicamentos. E ignorar la experiencia subjetiva ha limitado la efectividad de los tratamientos. En mi opinión es necesario abordar la mente directamente para mejorar el bienestar del paciente.
Digamos que estoy paseando por el campo y me topo con una serpiente venenosa. ¿Qué es lo que pasa en mi cabeza?
Lo primero que sucede es que la serpiente entra en tu cerebro y llega muy rápidamente a la amígdala, que hace que te quedes paralizado. Y mientras te paralizas, comienzas a ver conscientemente que te estás paralizando. Al observar tu comportamiento en esa situación, empiezas a construir un escenario sobre lo que está pasando, basado en lo que llamamos esquemas, paquetes psicológicos de información que has ido adquiriendo a lo largo de tu vida. Por tanto, la serpiente hace que se desencadene ese esquema de miedo que has aprendido desde que naciste y se despliega como una interpretación cognitiva de la situación, para dar sentido a por qué estás haciendo esto y tener una idea de lo que estás experimentando. Por tanto el miedo es un resultado cognitivo de haber reparado en qué situación estás. Esta última parte, la cognitiva, es la que yo denomino el miedo en sí mismo, mientras que la otra es una respuesta defensiva de supervivencia.
¿Esta diferenciación entre lo inconsciente y lo consciente se da en otros animales?
Todos los animales que han existido desde el comienzo de la vida, desde la primera célula bacteriana, tenían que ser capaces de detectar el peligro para responder a él, pero no hay miedo en una bacteria. Ni siquiera en una rata que detecta el peligro y responde a él. En este caso no es el miedo lo que causa lo que se denominaba “respuesta al miedo”, sino la amígdala, que detecta una amenaza en el entorno y envía señales a las áreas del cerebro que controlan las respuestas. En el caso de los humanos, si estamos en presencia de un peligro, se nos acelera el corazón, nos sudan las manos y sentimos miedo y estas dos cosas parece que son la misma porque ocurren al mismo tiempo, pero al observarlas en el cerebro nos damos cuenta de que van por separado: el sistema cerebral que detecta y responde al peligro es diferente del que experimenta conscientemente el miedo. Quizá la rata tenga una mínima experiencia consciente que puede construir, debido al tipo de cerebro que posee, pero el miedo y todas las emociones que se dan en nosotros son experiencias muy complejas, imbricadas no solo en nuestra vida personal, sino en la cultura en la que hemos crecido.
Por tanto, el miedo es diferente dependiendo de cuál sea tu lugar de nacimiento.
Si vas a un país del lejano oriente el miedo será interpretado y expresado de un modo distinto que en el que tú hayas nacido. Las tradiciones occidentales y orientales tienen diferentes entendimientos culturales que determinan el tipo de experiencia que vas a tener. Escuchamos que el miedo es el mismo en todas partes porque se considera una emoción básica y en todo el mundo se experimenta de la misma forma, pero esto no es así. Cada persona experimenta algo como lo que llamamos miedo, pero ese miedo está totalmente contextualizado por el país en el que haya nacido. Los peligros son diferentes en cada cultura y el miedo que desarrolles estará basado en el tipo de peligro que se dé en la tuya.
¿Y cómo es que individuos de la misma cultura experimentan niveles de miedo distintos ante el mismo peligro?
Esto se debe a que cada aspecto de tu vida ha sido adquirido por ti a medida que has ido viviendo. Desde tus primeros días creas recuerdos que se van agrupando con otros similares como esquemas, y estos esquemas son patrones que te permiten no empezar desde cero cuando te encuentras en una determinada situación. Tú habrás hecho muchas entrevistas en tu carrera, así que no tienes que preocuparte de cómo se hace una entrevista, ya tienes un esquema. Lo mismo cuando estás con tu novia o en cualquier otra situación. Esto te permite comenzar desde un nivel alto en tu comprensión cognitiva de esa situación. Y cada uno de nosotros ha adquirido esquemas diferentes.
¿La genética influye en todo esto?
Puede haber algún tipo de componente genético, pero no es necesariamente el factor más importante. Está ese famoso dicho, “la ansiedad va por familias”, que sugiere que si tus padres son ansiosos, habrás heredado de ellos la ansiedad. Pero la cuestión es que también has vivido con tus padres. Digamos que tu madre es una persona ansiosa. Y quizá su madre también lo era. Bien, hay algunos genes que las hicieron ansiosas, igual que a ti, pero también la experiencia de vivir con una persona ansiosa puede volverte ansioso.
Hay algunos casos extremos, como el del escalador libre estadounidense Alex Honnold, capaz de jugarse la vida trepando sin cuerda por montañas muy elevadas como El Capitán, con paredes de roca totalmente verticales y casi sin hendiduras a las que agarrarse. ¿Este tipo tiene algún defecto en el cerebro que le impida calibrar el peligro y experimentar miedo?
No creo que tenga el cerebro dañado, parece una persona normal… Creo que ha llegado a afirmar que su amígdala no es capaz de activarse o algo así. Pero, como comentaba antes, la amígdala no necesariamente te va a producir el miedo, sino las respuestas defensivas para mantenerte vivo. Dicho esto, todo lo que ocurre una vez que la amígdala se activa regresa a tu cerebro y contribuye a la experiencia que estás teniendo. Werner Herzog, el director alemán, dirigió hace un par de años un documental, Theater of Thought, en el que yo mismo participé, donde entrevista a Philippe Petit, el funambulista que cruzó de una torre a la otra del World Trade Center sobre la cuerda floja. Él no niega que tenga miedo alguna vez, pero lo que sí dice es que no puede tenerlo cuando está sobre la cuerda, porque si lo tuviese se caería. Así que ha encontrado una manera de aislar el miedo. Y creo que quizá le pasa lo mismo a Alex. Yo mismo toco la guitarra y canto en un grupo y cada vez que pienso “wow, cómo sonamos, vamos como un reloj”, pierdo el ritmo. Así que creo que estas personas tienen la habilidad especial de mantenerse concentrados en lo que están haciendo y dejar fuera todo lo demás. Se parece un poco a la meditación. Claro, es difícil de hacer. Todo el mundo dice “si estás ansioso, ponte a meditar”. Pero precisamente el momento más difícil para meditar es cuando estás ansioso.
¿La respuesta en el cerebro es la misma cuando el miedo no responde a un peligro real e inminente, sino a algo puramente imaginario o que tiene muy pocas probabilidades de ocurrir?
En algunos tabloides aparece aparecen titulares fantásticos como “Una mujer dice haber sido llevada a marte en una nave espacial”. Si tú sientes que has sido abducido por los marcianos y llevado a su planeta eso puede ser tan real psicológicamente como cualquier otra cosa. El miedo es un estado mental que ocurre en presencia de un miedo real. La ansiedad es un estado mental relacionado con algo que no ha ocurrido todavía. No se trata de si algo es o no realmente peligroso, sino de si es así como tú lo construyes. Esa es la razón de que la construcción, la interpretación cognitiva de la situación, sea lo más importante.
¿Hasta qué punto el conocimiento preciso de cómo funciona el cerebro cambiará (o debería cambiar) el tipo de medicamentos que se utilizan para tratar el miedo y la ansiedad?
Aquí la palabra clave es “debería”. Nos regimos por un dogma equivocado en cuanto a cómo funcionan el miedo y la ansiedad, de tal modo que los investigadores han ido por el camino erróneo durante seis décadas, tratando de encontrar el remedio milagroso, pero nunca lo van a conseguir testando animales en un laberinto. Se supone que te tomas una pastilla, tu estómago la digiere, pasa al torrente sanguíneo, atraviesa todo tu cuerpo, se topa con la amígdala y apaga tu “centro del miedo”, cosa que nadie ha identificado. Es una fantasía, no va a funcionar. Digamos que vas a cenar a un restaurante de moda que es muy ruidoso, en el que están poniendo heavy metal, que no te gusta nada, así que pides al camarero que baje el volumen, cosa que hace. Sigue siendo la misma música horrible que odias, pero ya no resulta tan molesta porque la han bajado. Creo que esto es lo que muchos medicamentos hacen. Bajan el volumen porque evitan que las respuestas conductuales, fisiológicas, lleguen demasiado lejos y dominen tu estado mental.
¿Y cuál sería el camino?
Yo propongo una estrategia de tres pasos: primero, se trata de “domar” (dicho esto metafóricamente) la amígdala, y ahí las benzodiazepinas y los ISRS (inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina) pueden ayudar. Una vez hecho esto, reduces la excitación en el paciente, de tal modo que su corazón no late tan rápido, no suda, su mente no se acelera, etc. y está en una mejor disposición para hablar de sus recuerdos, de su problema en particular. En otras palabras, primero “domas” la amígdala y después el hipocampo. A partir de ahí comienzas a cambiar los recuerdos de la persona acerca de quién es, de las situaciones a las que se vio expuesta y lo malas que fueron y todas sus consecuencias. La cuestión es que si la persona está acelerada y ansiosa, no se puede concentrar fácilmente en la segunda parte. Pero una vez que consigues cambiar la amígdala y el hipocampo es cuando estás preparado para ir a psicoterapia, porque si es un problema grave, es algo que vas a necesitar el resto de tu vida. La psicoterapia entonces funciona para impulsar las dos primeras etapas, mantener la excitación baja y obtener los relatos adecuados para que puedas seguir con tu vida. El problema es que la mayoría de las terapias hacen las tres a la vez, lo que confunde al cerebro. Debe hacerse paso por paso. Tras domar la amígdala, estás preparado para domar el hipocampo y después lo estarás para hablar.
Supongo que tendríamos muchos menos problemas de miedo y ansiedad si fuésemos incapaces de imaginar, de anticipar el futuro.
Como decía Emily Dickinson, lo peor es la espera. Una vez que llega el miedo, tampoco es tan malo…
Entrevista realizada por Raúl Nagore en 2025

