La comida como el más inquietante de los rituales

La inquietante obra de la artista navarra convierte la comida y los rituales que la rodean en un territorio mucho más problemático que placentero en el que ilumina realidades incómodas, ocultas bajo una ilusión de equilibrio.
Raúl Nagore

En un mundo saturado de imágenes, las que genera Greta Alfaro aspiran a tocar las narices a una sociedad que la artista visual navarra encuentra demasiado contenta consigo misma. Siempre inquietante, su obra convierte la comida y los rituales que la rodean en un territorio mucho más problemático que placentero en el que trata de iluminar realidades incómodas, ocultas bajo una ilusión de equilibrio. En su universo visual, donde tienen cabida el vídeo, la instalación y la fotografía, la tradición, la religión y la memoria se cruzan con temas como la desigualdad, la obsesión por el control, la explotación de la naturaleza, la obscenidad del lujo, la decadencia y la muerte, a través de imágenes que invitan a detenernos a reflexionar sobre el orden que construimos y la fragilidad que lo sostiene.

La comida tiene un papel importante en tu obra, a menudo ocupa el centro de la escena en tus vídeos. ¿Por qué?
Son varias razones. Una de las principales sería que no solo la comida en sí, sino el ritual de juntarse para comer simbolizan la sociedad en la que vivimos. En el acto de cocinar, de comer y servir se representan todos los roles sociales, todas las jerarquías, quién manda y quién obedece, quién está antes y quién después. Por otro lado todo lo que gira en torno al ritual me interesa mucho y nuestra manera de comer está altamente ritualizada. Además, debido a nuestra herencia (la del sur de Europa y en mi caso la vasconavarra) la comida es también muy importante en el ámbito familiar. El comer y el cocinar están relacionados con los recuerdos, con la infancia, con la familia. Casi puedes hacer un psicoanálisis partiendo de cómo, qué y con quién comes.

En tu caso esos rituales resultan muy inquietantes, esos momentos y recuerdos familiares que podrían ser felices quizá no lo sean tanto.
Es que en la celebración familiar hay mucha hipocresía. La Navidad es un gran ejemplo. Las bodas otro. Qué bonito todo, nos vestimos y nos vamos de cena, nos juntamos toda la familia y luego resulta que lo que corre por dentro es bastante horroroso siempre. La mayor parte de la gente de cierta edad (quienes ya no son niños, quiero decir) desearía que no existiera la Nochebuena, la Navidad… Hay quien sí, pero siempre hay fricciones muy fuertes. Y junto a los recuerdos felices muchas veces puedes estar acordándote de los gritos que soltaban tus padres o de si te pegaban un bofetón porque no te comías algo o de si te servían por tercera vez las lentejas porque las habías dejado la noche anterior. Finalmente, la familia es un pequeño reducto de la sociedad per se. Ya lo decía Engels, es el primer núcleo en el que te forman para esa sociedad, así que cuando hablas de una cosa estás hablando de la otra. En mi trabajo quiero tratar un poco esto, utilizando la comida para hablar de problemas más generales.

Lo inesperado irrumpe súbita y brutalmente en algunos de tus trabajos. Buitres que de pronto dan cuenta de un banquete impecable. Jabalíes que destrozan una tarta en un paisaje nevado… Esta fiesta tan fantástica puede irse en cualquier momento a la mierda, pareces sugerir.
¿Pero no es así siempre la vida? Desde luego, la mía sí. Hay gente que más o menos mantiene una cierta estabilidad, pero no sé cómo lo harán. A lo mejor a cada uno nos toca una estrella. Pero por lo general me da la sensación de que en las sociedades occidentales tenemos una obsesión por el control: horarios, rutinas, calendarios, plannings… Control del tiempo, pero también de la naturaleza: pesticidas para las plagas, cemento para que no crezcan las hierbas… Nos estamos protegiendo continuamente, pensando en esa estabilidad. Quizá todos esos esfuerzos para ordenar y ritualizar no son sino deseos de acabar con ese caos o de gobernarlo, y en nuestras sociedades nos hemos creído que podemos hacerlo, que podemos luchar contra el azar, el destino, la naturaleza… Pero obviamente no es así y la vida nos lo recuerda constantemente.

Y la muerte…
Claro. Cuando hablamos de esos momentos que nos pillan por sorpresa tienen mucho que ver con la muerte, sea la muerte física de alguien o la de algo, la de un momento, un estado, una sociedad… Son momentos de disrupción. Yo los solía llamar “momentos bisagra”, esos instantes en los que parece que todo va normal y de repente hay un cambio a una realidad totalmente distinta.

Parece haber en tu obra una voluntad de incomodar a esas sociedades que quizá están demasiado satisfechas consigo mismas.
Hace poco hablaba con un amigo sobre la película La zona de interés. Le decía que lo mejor de ella es que realmente nos retrata a nosotros como sociedad. No solo a los nazis, que también, es que nosotros somos esos personajes. Pensamos que vivimos en un mundo color de rosa en el que todo funciona de maravilla. Y nuestro muro de separación es una pantalla, al otro lado de la cual ves toda la mierda que hay: genocidio, guerras, hambre, devastación, explotación económica y natural de otros países… Y sigues tan campante, como si no pasara nada, con tus pequeños problemas, tan feliz, haciendo tus propósitos de año nuevo…


Una misma pantalla por la que desfilan tanto imágenes de Gaza como dibujos animados, partidos de badminton o programas de cotilleo. La reflexión sobre el medio audiovisual, sobre la imagen, que es tu herramienta de trabajo, también te interesa.
La incursión tan repentina e intensa de los medios en nuestra vida cotidiana, que empezó con la televisión, se ha exacerbado en los últimos diez o quince años y es uno de los grandes peligros que tenemos como sociedad. Y para el artista constituye un reto, porque tienes que competir con esas imágenes. Estás viendo a gente muriendo en directo en la misma pantalla en la que vas a ver Disney. ¿Cómo entras como artista con otro tipo de imágenes, con otro ritmo, que requieren una mirada más pausada, más atención? Además, somos una sociedad de analfabetos en cuanto a la imagen. Nadie te enseña a pararte y analizar por qué te enseñan esto y no otra cosa, qué viene antes y qué viene después, los ritmos… Las fuerzas políticas y económicas juegan a captar tu atención rápidamente y no dejarte tiempo para pensar. Y al final se genera una forma de estar en el mundo. Pero cualquier ciudadano que se pare a pensar con un poco de empatía tiene que reflexionar acerca de cuál es su relación con todo esto, qué nivel de implicación y responsabilidad le corresponde. Todo esto da miedo.

En la era de Netflix se impone un cierto tipo de narrativa, productos que tienen una estructura que engancha y se repite una y otra vez. Tú apuestas por una forma de contar que tiene mucho más que ver con el arte, con la sugerencia, aunque al mismo tiempo utilizas mecanismos propios incluso del terror.
No soy muy partidaria del arte que es completamente críptico, porque creo en él como algo democrático y en la cultura como algo que todo el mundo debe tener el derecho a disfrutar. Intento que mi trabajo tenga algún elemento que pueda chocar un poco y enganchar al espectador sea cual sea su bagaje cultural o social. Por otro lado, tiro muchísimo de referentes de historia del arte más que de cultura popular porque los tenemos todavía dentro. Todo el mundo en nuestra cultura sabe qué es un bodegón o qué es una iglesia, aunque no sea creyente. Me gusta partir de estos elementos que están en nuestro ambiente y a partir de ahí desarrollar otras dinámicas. Otra cosa que me distancia de la ficción es que todo lo que hago en vídeo es de verdad. Yo no uso posproducción. Cuando hay un buitre o un jabalí, está ahí de verdad. No lo he hecho con 3D ni con IA, no hay trampa. Últimamente he empezado a hacer un poco de edición, antes era siempre un plano fijo, pero cosas muy básicas y no se añade nada a posteriori. Creo que esto es también un statement: las cosas pasan en el mundo donde tú vives físicamente. Por mucho que te enganches a las pantallas, tú respiras, comes, amas… en el mundo físico. Y si hay que hacer algo es en el mundo físico. Esa gente de la pantalla está en la guerra en el mundo físico.

En esa influencia del arte en tu trabajo tiene bastante peso el barroco, con sus imágenes decadentes.
En uno de mis vídeos, El cataclismo nos alcanzará impávidos, aparece un bodegón barroco holandés, de la época en la que arranca el capitalismo, cuando los holandeses empiezan a comerciar en serio y nace la burguesía y entonces pintan unos bodegones muy exuberantes, donde aparece lo más exótico y lo más caro: oro, terciopelo, joyas… En él un actor porno del que no vemos la cara va pasando de pisar un pan a acariciar una liebre muerta y finalmente termina por follárselo y destrozarlo todo. Se trata de hablar del lujo, de la ostentación, de eso de pasarle por la cara a la gente que tienes dinero. En un escenario de devastación a nivel mundial como el que tenemos las desigualdades han crecido exponencialmente en los últimos 20 años, especialmente desde la crisis de 2008. Los escenarios del megalujo se dan cada vez más y son más comunes cuanta más gente se empobrece. Es algo que da muchísimo miedo.

Esa máquina de crear imágenes que llevamos todos en el bolsillo sirve también para, como dices, pasarle por la cara a todo el mundo dónde has comido, la vida tan fantástica que llevas.
Es, de nuevo, una herramienta de control impresionante. Hemos dejado que nos controlen voluntariamente. Que el poder, el enemigo, el que va a sacar provecho de nosotros y puede hacernos el mayor daño posible esté en nuestras casas continuamente. Y tienes dos vidas paralelas: la del mundo real y la del virtual, que es falsa, que es esa mejor versión de ti mismo que no existe, porque no eres tú, te lo estás inventando, lo que genera dicotomías y muchos problemas mentales, sobre todo en la gente joven. Esa persona con esos filtros, todo el día de restaurantes guais y de fiesta no eres tú. O es una minúscula parte de lo que tú eres. Somos a la vez testigos, actores, nuestros propios retratistas, jueces de los demás y estamos continuamente mirando una pantalla en vez de a nuestro alrededor y dando información extra a empresas y gobiernos de lo más dudoso.

Y además con el añadido del control de las imágenes, de las dificultades para discernir lo que es real de lo que no…. Ahí también impacta tu trabajo.
Esto es horroroso. Moderación cero en sitios como Telegram o incluso Whatsapp, Facebook e Instagram, como también hizo Musk en X… Entramos en el salvaje oeste. El algoritmo te manda cosas cada vez más terroríficas que realmente incitan a la violencia, al odio al inmigrante, a la mujer, al pobre…. Estamos en sociedades muy perversas. Y hemos dejado de pensar. Antes ibas al trabajo, cogías el metro y si no llevabas un libro o una revista ibas pensando. Ahora el momento de pensar siempre se rellena con el móvil, no hay momento en el que alguien esté desconectado, siempre recibiendo una sobredosis de información que no merece ese nombre. Me gustaría que surgiese algún tipo de iniciativa para restaurar el pensamiento crítico. ¿Pero cómo haces eso? Creo que el arte puede hacer eso. ¿Pero quién va a ver arte, cuando te lo están vendiendo como un rollo?

Malos tiempos para el arte… ¿o no?
El arte no te está ofreciendo contenido per se, no tiene una intención, no hay algoritmos. El arte te confronta contigo mismo, con el bagaje que traes, con la información que acabas de recibir…. Hay muchos espacios de arte que son públicos, también está la arquitectura de la calle: puedes entrar en una iglesia porque es un gótico maravilloso y no porque quieras rezar y ahí tienes un momento en el que pararte a pensar. piensas. Pero bueno, ese es otro miedo, que la gente se pare y deje el móvil solo para rezar… (risas)

Ahora que mencionas esto, la religión también se cuela en tu obra.
La cultura católica está presente en mi obra porque es algo que he mamado desde pequeña, estuve hasta interna en un colegio de monjas… Y lo agradezco, porque entender la historia del arte y la historia en general sin conocer estas cosas es esencial e impregna toda nuestra sociedad. Pero la iglesia ha sido uno de los grandísimos males que hemos tenido que sufrir. En cuanto a la historia del arte, viva la iglesia, claro, con todas esas maravillas. Pero para España y Navarra en concreto ha sido el horror más retrógrado, el mayor generador de desigualdades, de pobreza, de hambre… A través también del miedo. Porque iglesia y miedo van juntas.

El vino es uno de sus símbolos sagrados. En tu vídeo Las labradoras hay una boxeadora dando puñetazos a un saco que está lleno de vino y que comienza a sangrar, golpe a golpe.
Esta obra es fruto de una invitación para trabajar en el programa Landarte, que pone en contacto a los pueblos con los creadores. La hice en San Martín de Unx, en Navarra, un pueblo totalmente vitivinícola al que le está yendo bien porque están consiguiendo frenar la despoblación y trabajar de manera mucho más sostenible en algo tradicional. En este trabajo hay mucho de religión, de tradición pagana, de ritual, pero yo quería hablar del trabajo en el campo, de esa relación con la naturaleza que se está perdiendo, que era muy dura e injusta pero que se podría retomar de otras maneras, aprovechando lo positivo sin tener que volver a las desigualdades, el sufrimiento y el hambre. Y también quería hablar del papel de la mujer rural, a la que se ha borrado de todas las esferas de la vida desde el siglo XIX y más aún desde el la dictadura. La mayoría de ellas iba a trabajar, además de hacer el trabajo de la casa, parir y criar, pero durante el franquismo no podían cotizar ni abrir una cuenta bancaria, no podían firmar nada, así que en todo el papeleo solo aparecen hombres y oficialmente ellas eran amas de casa. El nivel de explotación era muy fuerte a distintos niveles: del amo al empleado, o más bien al siervo, del hombre hacia la mujer… Era un esquema terrorífico, y alentado por la iglesia.

Y todo esto alrededor de la comida, de la gastronomía, esa cosa tan aparentemente inofensiva y poco problemática…
El tema de la alimentación es importantísimo y no sé si el mundo de la alta cocina tiene en cuenta estos factores, que deberían ser los esenciales: el trabajo del productor, el sufrimiento del animal, el clima, el terreno, el origen de todo lo que comemos, que no es un envase de plástico. Vivimos en una sociedad en la que hay cosas que no vemos y me gusta pensar que con mi trabajo intento que se vean un poco. Creo que el arte puede entrar por ahí, contribuir a abrir los ojos de la gente y a que tenga un rato consigo mismo. Al menos es lo que intento.

Entrevista hecha por Raúl Nagore