Entrar en la obra de Isidro Ferrer supone adentrarse en un mundo en el que alguien ha cambiado los muebles de sitio, ha repintado las paredes, ha reescrito los libros, ha abierto la jaula de las cosas para concederles la libertad de hibridarse con otras cosas, buscarse otras funciones, vestirse de otros significados. Desde la ilustración y el diseño gráfico Ferrer practica el poliamor con libros, carteles, máscaras, logotipos, murales, lámparas, piedras, trozos de madera… sobre los que despliega todo un bestiario de criaturas imposibles que componen su propio gabinete de curiosidades. En la base de todo ello, el placer del juego, de la subversión de lo real, de salir con el cazamariposas en busca de esas ideas, esas intuiciones, esos destellos de belleza que siempre estuvieron flotando ahí arriba, esperando a que alguien los bajase.
Lo primero que uno siente al ver tu trabajo es una especie de cosquilla mental al estar ante imágenes que tienen algo de acertijo, de greguería, de resignificación de la realidad que a veces se muestra de inmediato y otras hay que mirar varias veces para descifrar.
En realidad lo que hay es una búsqueda premeditada de territorios donde la imagen no resulte narrativa, sino que funcione como un enigma. El uso de figuras retóricas ayuda en esta tarea: la metáfora es la más evidente, pero también la paradoja, la sinécdoque o la lítote, que consiste en desvelar ocultando. Intento que el lector sienta cierta incomodidad al enfrentarse a las imágenes, que se vea obligado a dotarlas de sentido. La verdadera resignificación aparece en ese momento, cuando el lector traduce la imagen y la carga de sentido. No deja de ser un juego que bebe de la poesía. Pienso que una imagen debe esconder más de lo que muestra.
Juego perverso, juego infantil, o quizá ambos a la vez…
El juego goza de mala fama por su manifiesta inutilidad, pero es esencial en la creatividad. Tal como lo planteaba Huizinga en Homo Ludens, el juego es una parte consustancial al ser humano que le permite avanzar en todas las áreas del conocimiento. Para mí es fundamental: me permite desvestir de seriedad los procesos y también llenarlos de placer. A jugar se aprende jugando. También se aprende por imitación. Y ahí aparecen los grandes maestros del juego, entre ellos Joan Brossa, a quien tanto admiro y de quien tanto he aprendido. También están presentes otros artistas que usan el lenguaje de la poesía visual con gran acierto, como Chema Madoz o Pep Carrió. Profesionales que, más allá de la obsesión por los objetos, entienden los mecanismos de la poesía y juegan con sus significados.
Hablabas de disfrutar de los procesos, pero te he leído decir que prefieres trabajar desde la incomodidad.
Digamos que la duda es necesaria, la incomodidad es obligatoria. Incluso el miedo, siempre y cuando no sea paralizante, puede ser un aliado. La duda obliga a la búsqueda, al desplazamiento. Trabajar desde la incomodidad te obliga a tantear las posibilidades en busca de la estabilidad. El placer, en caso de producirse, se obtiene como resultado de un complejo y azaroso proceso de equilibrio. El ilustrador, el diseñador gráfico, trabaja buscando respuestas y soluciones adecuadas a un problema.
A menudo las respuestas están fuera de uno mismo, de nuestras preferencias, gustos e inquietudes. Hay que situarse en un contexto ajeno, mirar con otros ojos. Esa desubicación me resulta verdaderamente atractiva: dejar de ser uno mismo durante un tiempo y poder habitar otras personas, otros seres, otras mentes. Ese desplazamiento al que obliga el encargo hace que uno tenga que transitar por lugares nuevos y desconocidos. Y es en esos espacios donde normalmente sucede lo inesperado, donde aparece lo inaudito. Este deambular exige renunciar a la “yoicidad”, pero tiene la recompensa del descubrimiento. Lo que me atrae de esta profesión es que, a pesar de servirse del lenguaje artístico, no es un arte y permite escapar de la dictadura del estilo.
Es un arte aplicada…
Eso es, entendido de forma no peyorativa. Es un oficio que requiere destrezas propias del artesano, y esas destrezas tienen que adecuarse a cada proyecto, a cada necesidad distinta. A veces me pregunto si no sería más interesante que fuera el arte quien tomara la apariencia del diseño.
En tu caso no solo no repites la misma forma sino que practicas una especie de poliamor creativo que se manifiesta en la ilustración, el diseño de objetos, los carteles de teatro, murales, animación, etiquetas para botellas de vino, trabajos de imagen corporativa… No sé si, como en el caso del otro poliamor, cada una de ellas responde a la satisfacción de una necesidad distinta.
No es una necesidad. Es la vida, que me conduce y que me regala. Yo no decido: la vida decide por mí. No tengo la capacidad de elegir el tipo de trabajo que llega al estudio; solo puedo seleccionar aquello que más me emociona. El “destino” ha querido que haya recibido encargos de índoles muy distintas, y ha sido la obligación de dar respuesta a cada uno de ellos lo que ha abierto el abanico de resultados. No he huido premeditadamente de la especialización; ha sido el mercado el que ha permitido esta suerte de poliamor. Esta lluvia de proyectos singulares, provenientes de áreas del diseño que me resultan ajenas o desconocidas, lejos de amedrentarme me resulta muy motivadora, porque me obliga a la investigación, al estudio, al análisis. Y eso conduce a la variedad y la diversidad. La consecuencia es que el juego se abre en todas sus dimensiones y propone todo un abanico de posibilidades. Cada juego requiere sus propias normas.
Porque en tu trabajo no se trata solo de jugar por jugar. El juego tiene que cumplir un fin, una función, una utilidad.
Jugar es la primera parte del proceso, la que permite abrir la puerta de la diversidad. Más adelante el juego debe someterse a las reglas de la funcionalidad. El resultado debe cumplir las normas de lo utilitario. Esto tiene unos mecanismos y unos ajustes que es necesario conocer. Paradójicamente, las normas, en lugar de cerrar, abren. Trabajar desde la libertad absoluta es realmente complicado. Es preferible y necesario que el cliente determine las pautas del encargo; mejor cuanto más precisas y concretas sean.
En esto también tienes cosas en común con los surrealistas, con los oulipianos, con Georges Perec, con Italo Calvino, con Cortázar… que disfrutaban imponiéndose reglas y jugando dentro de ellas.
Sí: Oulipo, la patafísica, la literatura combinatoria… Son movimientos exploratorios en el campo de la creación artística que han hecho del juego una razón de ser. Esta manera de trabajar me permite canalizar la potencialidad de las formas y explorar todas las posibilidades que entraña una idea o una acción. Cuando se limita el terreno de actuación se abre una cantidad enorme de variables.
Estamos hablando del trabajo con las ideas, previo a la ejecución material. Pero ¿cómo te llevas con los lápices, con los cinceles, el papel, los martillos…?
Son aliados. Las herramientas están ahí, a mi disposición. Cada una posee un lenguaje propio que reclama su espacio, pero no se impone sobre el resto. Cada idea busca la herramienta que mejor la cincela. El “cómo” es una consecuencia del “qué”. El “cómo” tiene que establecer acuerdos de significado con el “qué”. No debe resultar ni caprichoso ni forzado. Hay que saber respetar en cada idea aquello que busca y reclama.
Tienes una estrecha relación con el mundo del teatro que viene desde tus inicios. Para el teatro has realizado carteles, objetos, máscaras…
Teatro y diseño están hermanados por dos elementos esenciales de la hermenéutica: la interpretación y la representación. Ambos oficios están obligados a interpretar y representar, y a hacer de esa interpretación una expresión creativa. En todo proyecto de diseño nos vemos impelidos a interpretar y representar las intenciones y necesidades del cliente. En ambos casos se trabaja a partir de la voz ajena. Por otro lado, mi proximidad con las artes escénicas es muy grande; es lo que me ha formado y conformado. El teatro forma parte de mi sustrato vital, de mi imaginario, y se manifiesta de manera natural. Cuando concibo algo lo hago casi de forma escénica: trabajo como trabajaría un escenógrafo, con la dramaturgia, con la luz, con el movimiento, con el objeto sobre la escena, con la atmósfera…



Y a través de tus carteles teatrales también has de comunicar algo de esa atmósfera que uno encontrará cuando entre a ver la obra.
El cartel de teatro es fascinante porque tiene una doble función: funciona como prólogo y como epílogo. Es prólogo porque nos aproxima desde la imagen al contenido de la pieza dramática. Pero también es epílogo porque se fija en la memoria tras la representación, es el testimonio de lo vivido en la sala. A la función le antecede el cartel y, tras la función, queda el cartel. Diseñar carteles de teatro me resulta verdaderamente emocionante porque me obliga a desentrañar los mecanismos de la pieza dramática.
También haces intervenciones en libros de otros, utilizando superposiciones, añadiendo imágenes en los espacios en blanco… De nuevo se trata de modificar la realidad de alguna manera, quizá de tocarle un poco las narices.
Es un espíritu que he recuperado de otros, como Marcel Broodthaers, Robert Filliou, Marcel Duchamp… Trabajar sobre espacios ajenos, es algo propio de los “ready made” y del conceptualismo de los años 60. Lo aplico sobre el libro buscando una desacralización del objeto. Mi intención es desterritorializar el libro para habitarlo y transformarlo en algo diferente. Esta acción se puede entender como una provocación, porque el libro es concebido como un objeto sagrado. No es mi intención. Actuar sobre un libro de otro se concibe como una profanación, casi como una violación, pero el libro pertenece a la estructura de mercado de bienes de consumo. Se imprimen millones de libros en el planeta, miles de ejemplares de cada uno. Más allá de la lectura el libro tiene una entidad física, se puede pensar como soporte, como lienzo, como territorio. Me parece interesante trabajar sobre ese espacio ya conformado. Desterritorializar el libro para poder caminar sobre él. Esa actuación me obliga a actuar como lector atento y respetuoso. Busco establecer un diálogo con lo preexistente, un diálogo donde se sumen las distintas voces sin imposición, ni anulación.
Y de nuevo esa intervención lo convierte en otra cosa que tiene algo de lo que era, pero que es una criatura nueva.
Sí. Yo dudo de la autoría individualista, de la exclusividad de las ideas. Mi trabajo, básicamente, se nutre de lo colectivo, de lo que pertenece a todos. Mi mérito es singularizar lo plural, ser capaz de vislumbrar, de rescatar, de atrapar, de dar forma a algo de está ahí, algo que pertenece a lo colectivo. Me siento como un recolector de mariposas. Esta es una imagen muy bonita, la de salir a recolectar de forma atenta, pero también respetuosa, la belleza que nos rodea. El libro es uno de esos espacios de belleza. Y no actúo sobre cualquier libro. Debo sentir una profunda admiración por los autores sobre los que voy a actuar para poder adentrarme en su obra sin violencia, respetuosamente. E incluso a veces pedir disculpas: perdón, voy a transformar esto, voy a cambiar de lugar esto otro, voy a repintar las paredes…
El tiempo, la lentitud para permitirse la reflexión adecuada y disfrutar del proceso ha de ser muy importante en tu trabajo, en una época en la que rara vez se dispone de él.
Hace tiempo que opté por cierto aislamiento. Busco alcanzar cierta armonía entre el tiempo impuesto por las obligaciones profesionales y el tiempo personal. Vivir en una pequeña ciudad ayuda a establecer los cortafuegos necesarios frente a las servidumbres sociales y tecnológicas. Trabajar solo también. Esto me permite ser muy escrupuloso a la hora de decidir en qué proyectos me implico. La decisión no tiene que ver única y exclusivamente con la rentabilidad económica, sino con la rentabilidad emocional e intelectual. Este retiro voluntario me permite afrontar los proyectos con el tiempo necesario para poder disfrutarlos y dedicar a cada proceso la atención que reclama.
A lo largo del tiempo has ido creando toda una serie de criaturas, una especie de carromato de seres híbridos, algo así como un bestiario. ¿Cómo te llevas con todas ellas?
Convivo con ellas, están presentes, me acompañan pero no me aturden. Se sitúan en los márgenes del estudio. Ocupan los cajones, el fondo de los armarios y los anaqueles de las estanterías. La acumulación es grande pero no me asfixia. Necesito espacio libre para seguir avanzando. El apego por los objetos y las criaturas acumuladas no es grande. Una vez que han cumplido su función pasan a un discreto segundo plano.
Volviendo al poliamor… ¿quieres a todas estas amantes por igual? ¿Podrías prescindir de alguna?
No tengo preferencias por una u otra herramienta de trabajo, y mi amor hacia las distintas áreas del diseño que abarco es equitativo. Disfruto lo mismo resolviendo un cartel tipográfico que construyendo los personajes de un álbum ilustrado. En cuanto a las destrezas manuales están ahí en función de las necesidades que van surgiendo en cada proyecto. Creo que podría prescindir perfectamente de cualquiera de ellas, porque todavía no he tenido la necesidad de reafirmarme en nada en concreto. Es un poliamor muy bien engrasado. Aunque, si tuviera que señalar una pasión por encima de las demás, elegiría los cuadernos. Me acompañan desde hace más de cuarenta años y forman parte de mi intimidad. Son el eje transversal de mi pensamiento gráfico. Siempre hay uno, o varios, en marcha. Cumplen una función vital, me sirven de agenda, de diario, de lugar de investigación y de reflexión. El cuaderno me sitúa en el mundo.


